Crónica finalista del XI Concurso Literario El Búho: “Quitarnos las mascarillas, ponernos al día”

Blanca Beatriz Calcina resultó una de las finalistas y ganadora de una Mención Honrosa en el Concurso Literario El Búho. Aquí el trabajo

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Tras un extendido proceso de calificación, se presentaron los resultados del Concurso Literario “El Búho”. Luego de una ardua deliberación en la categoría Crónica, el jurado calificador otorgó una Mención Honrosa al trabajo “Quitarnos las mascarillas, ponernos al día. Además, otro trabajo fue laureado con la misma distinción. Aquí uno de los finalistas de la categoría Crónica

El jurado de la categoría Crónica estuvo integrado por el escritor Jesús Martínez, la periodista Paola Ugaz y la educadora Patricia Salas O´Brien.

Sobre el autor detrabajo finalista

Blanca Beatriz Calcina A. nació en Arequipa . Es docente licenciada por la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad Nacional de San Agustín. Tiene estudios de posgrado en la Universidad Católica de Santa María. Desde el 2010 labora en instituciones educativas estatales de su ciudad.

En 2021 explora en la creación literaria obteniendo premios en la IX Bienal de Poesía Infantil del ICPNA. Además en el concurso de relatos “Yo tengo un futuro” organizado por la ONP. Fue finalista en el II Concurso de Microcuentos “Historias del Bicentenario”, organizado por la Municipalidad de Lima y el Centro Peruano de Estudios sobre Minificción.

Crónica: Quitarnos las mascarillas, ponernos al día

El agudo silbato de un policía fragmenta la serpiente multicolor en que se convierte el mar de automóviles que transitan por la avenida Independencia. «Baja colegio, baja colegio», grita desde una combi en movimiento el cobrador, medio cuerpo afuera, listo para bajar al vuelo. Pequeños grupos de estudiantes del Glorioso Colegio Independencia Americana descienden casi como expectorados de las combis. Mochilas al hombro, los uniformes caquis van llenando las aceras de la transitada avenida. En sus rostros contrastan la inercia de las mascarillas con los vivaces ojos.

«Arréglate la mascarilla, hijito», le dice Ana Choque a su retoño, un estudiante del primer grado, mientras nos acercamos a la puerta.

Me uno a la fila de estudiantes y al igual que ellos extiendo mis palmas, que son rociadas con alcohol a la entrada. Los estudiantes atraviesan el hall. Desde el costado derecho la mirada serena y dulce de la virgen de Chapi los vigila. Hacia el otro lado, a modo de salita de espera una sección de sillas. Ana espera entrevistarse con el tutor de su menor hijo para justificar sus inasistencias a clases. «Enfermó de gripe, por suerte ya está mejor… menos mal no fue COVID», me dice mientras verifica la hora en su móvil.

La pandemia, a partir de marzo de 2020, le dio un vuelco completo a nuestras vidas. Significó un inicio de cuarentenas estrictas con los consiguientes cambios de rutina que contemplaban una serie de medidas a las que tuvimos que acostumbrarnos. Una de ellas fue el uso obligatorio de mascarillas.

Hoy, a más de dos años y medio, y en un marco de procesos de vacunación masiva y contagios controlados, se oficializó con la publicación del Decreto Supremo 118-2022-PCM el uso facultativo de las mascarillas en espacios abiertos y en espacios cerrados con ventilación; aunque sigue siendo de uso obligatorio en los establecimientos de salud, en el transporte público y en espacios cerrados sin ventilación.

No obstante, a dos semanas de emitido dicho decreto y cuando se tuviera la certeza de encontrarse a la mayoría de estudiantes y docentes sin mascarillas en las escuelas, la realidad es otra.  Las imágenes y videos viralizados de estudiantes de otros países lanzando sus tapabocas por el aire, como si de birretes de graduación se tratase, dista mucho de lo que se observa alrededor.

Ana afirma que se enteró por la radio, pero que prefiere que su hijo la siga usando por seguridad. «El virus aún no se ha ido. En mi familia ya hemos tenido que afrontar la pérdida de mi esposo. Él tenía 47 años y cuando presentó dificultades para respirar y acudimos al hospital, nos encontramos con que no había camas UCI disponibles», recuerda con tristeza.

El sonido de la sirena de entrada acelera la fila de estudiantes. El patio central del colegio se torna silencioso. Al costado de la puerta abierta de cada aula hay un dispensador con alcohol en gel. Si uno cruza por delante de las aulas se puede alcanzar a oír la resolución de un problema matemático, la clase de ciencia, de historia o de comunicación.

Cuando en abril de este año se dispuso el retorno a las clases presenciales (después de dos años de virtualidad), los cerca de 1300 estudiantes del colegio Independencia Americana tuvieron que acostumbrase a usar las mascarillas durante las 7 horas y media de jornada escolar. Y, paradójicamente, aunque ahora tienen la libertad para quitárselas, solo entre 2 y 3 estudiantes por aula lo hacen.

Resulta imposible entonces no pensar en el llamado síndrome de la cara vacía. Un fenómeno que, a decir de los expertos, se trata de una fobia o miedo caracterizado por la sensación de inseguridad generada en las personas al dejar descubierto el rostro. En este caso por dejar de usar las mascarillas. Fenómeno que estaría bastante extendido, especialmente en los adolescentes debido a las inseguridades propias de esta etapa.

Para la psicóloga y orientadora educativa española Celia Sánchez Rodríguez, no constituye un trastorno mental; sino más bien un problema relacionado con la baja autoestima.

Lo de este síndrome cobra sentido para Juan (un maestro de 61 años que decidió continuar usando la mascarilla) cuando entre sus estudiantes del quinto grado, algunos ironizan con un «mucha belleza pue, profesor», al ser consultados respecto al motivo por el cual conservan sus tapabocas. «Aunque hay otra gran cantidad que indican que es más por seguridad y un reducido porcentaje que desconocían dicha disposición», puntualiza.

Para Fredy Tinta Paucar, subdirector del colegio, se trata de respetar la decisión de todos.  «Es cuestión de adaptación, nos hemos tenido que adaptar progresivamente a su uso. Igual nos tendremos que adaptar a no llevarla, es una transición», afirma haciéndonos entrever que tras la pandemia las preocupaciones en el ámbito educativo son múltiples. «Para todos fue muy duro, el lado emocional también se vio muy afectado… y los aprendizajes sufrieron un gran impacto que nos seguirá pasando factura durante los siguientes años», agrega validando que –por la misma razón– estudiantes y docentes opten por seguir usando las mascarillas.

Según los resultados arrojados por el Estudio Virtual de Aprendizajes -EVA 2021, llevado a cabo en nuestro país en noviembre y diciembre del 2021 por la UMC (Oficina de Medición de la Calidad de Aprendizajes), una importante proporción de estudiantes muestra rezago en el desarrollo de la competencia lectora y matemática.

Las cifras son más que alarmantes: en la competencia lectora, en general, 52,2 % de estudiantes de 2° de secundaria que no alcanzan los aprendizajes esperados de 6° de primaria (es decir, muestran un nivel de desarrollo por debajo del nivel esperado para el ciclo anterior); 69% a nivel rural y 53,5% a nivel urbano. En la competencia matemática la proporción es todavía mayor: en general 54,5 % de estudiantes de 2° de secundaria no alcanzan los aprendizajes esperados de 6° de primaria; 79,7% a nivel rural y 56,3% a nivel urbano.

Y aunque se advierte que los resultados de la EVA 2021 no son representativos de toda la población escolar (al participar solo estudiantes que contaban con un dispositivo electrónico y conexión a internet), nos dan una idea de la afectación en los aprendizajes de los estudiantes debido a la pandemia. Lo que nos pone de cara a un gran reto: recuperar el tiempo perdido.

Vuelve a sonar la sirena, son las 11:00 horas y la algarabía da inicio al recreo. El patio se convierte en un alegre caos; las quiosqueras, en verdaderos pulpos humanos y las losas deportivas, en campos de batalla donde las pelotas son misiles buscando el blanco (el arco). Los rostros, al fin descubiertos (en este espacio), dejan ver sus sonrisas. Esas cálidas sonrisas que habían aguardado, durante dos años, tras una fría pantalla.

Tal vez sea hora de sacarse las mascarillas, pero también es hora de ponerse al día. Ponerse al día con la deuda que se tiene con esos miles de estudiantes que, en medio de la pandemia, no alcanzaron los logros de aprendizaje.

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