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“Moonage Daydream”: más y más Bowie para el público

Creo que hay dos facetas de Bowie que merecieron mayor elucidación y espacio: su estancia en Berlín y sus inquietudes musicales en los últimos años de su vida: su simpatía por Arcade Fire, LCD Soundsystem o TV On The Radio.

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Antes de ver “Moonage Daydream” (Brett Morgen, 2022), había recibido decenas de recomendaciones muy entusiastas y había leído también comentarios que ensalzaban el documental como el non plus ultra en lo que a documentales musicales se refiere. Además, el tráiler, tan deslumbrante y colorido, prometía en verdad muchísimo. Y luego de ver la película, sentimientos encontrados me sojuzgan.

Por un lado, es fastuosa, sí, es maravillosa y deslumbrante. Por otro lado, nada nuevo nos dice. Brett Morgen, privilegiado como pocos, ha recibido de manos de los herederos de Bowie cientos de horas de grabación, fotografías, textos, notas, etc. Un material idóneo para grabar un documental de más de dos horas. Y Morgen ha decidido rodar el documental echando mano de un viejo expediente: el de omitir su punto de vista y hacer que sean las imágenes y las canciones las que nos guíen por el laberíntico viaje del Duque. ¿Quién podría criticar esa idea? De un tiempo a esta parte, los libros (“la historia oral de…”) y los documentales recurren a esa añagaza. Es un ahorro de esfuerzo para el documentalista, lo libra de una investigación profunda y lo convierte en un campeón de la pura objetividad.

De hecho, para quienes no conocen a Bowie, este es el documento perfecto para acercarse a su camaleónica personalidad y a su depurado arte performático. Pero para quienes conocen a Bowie, “Moonage Daydream” es un espectáculo de dos horas y cuarto que se hace eterno mientras esperas la novedad. No es que no haya ninguna, hay unas pocas que caen a cuentagotas: la mención de su hermano mayor que le hizo conocer a Jack Kerouac y a Coltrane es emocionante, sobre todo por ese horrible final que tuvo. Pero la mayor parte del tiempo la película te sumerge en un viaje onírico por los motivos íntimos que hicieron de Bowie el artista que fue. Imágenes inquietantes de viajes y conciertos sazonadas por magistrales interpretaciones en vivo. Eso, la mayor parte del tiempo.

Creo que hay dos facetas de Bowie que merecieron mayor elucidación y espacio: su estancia en Berlín y sus inquietudes musicales en los últimos años de su vida: su simpatía por Arcade Fire, LCD Soundsystem o TV On The Radio. Hubiese sido fascinante que el documental presente conciertos de esa última fase del Duque y además hubiese sido un cierre perfecto porque Morgen, a pesar de su exuberancia visual, sigue una línea cronológica precisa.

Otra decepción: no se dice nada de “Blackstar”. ¿Puede ser tomado en serio un documental sobre Bowie que omita el tremendo testamento que nos dejó prácticamente el día de su muerte?

Y una última decepción: la voz de Bowie en primera persona es la única que nos guía a lo largo del metraje. No es que esté mal, para muchos puede significar una novedad impactante. Pero nos surge una pregunta mientras asistimos a este evento: ¿No tenían -por ejemplo- Brian Eno o Iggy Pop algo que decir sobre el compañero de armas con el que libraron más de una batalla? A mí me resulta un poco chocante que se ignore olímpicamente a tanta gente que colaboró con Bowie. Y que aportó su talento para la grabación de sus álbumes. Niles Rodgers es uno que salta primero a la mente. Tony Visconti es otro. Quizá a Bowie le hubiese parecido bien que sea así. Es sabido que, en su permanente impulso hacia lo nuevo, Bowie no era precisamente un hombre que se detuviera a rendir tributo a sus predecesores.

A los fanáticos de Bowie les encantará el documental. Y seguro que se sumergirán sin dudas ni aprensiones en sus caleidoscópicas aguas hechas de glitter y lentejuelas. No cabe duda que es una experiencia alucinante escuchar la filosofía artística de Bowie, de su propia boca, mientras lo ves visitando el Tíbet o en pleno concierto de la gira “Diamond Dogs Tour”. Las canciones suenan en una calidad de audio maravillosa y suenan en el momento preciso, punto a favor del montaje.

Quienes no son muy hinchas de Bowie no comprenderán por qué un señor muy delgado pasea su insólita extravagancia por las dos horas y pico que dura la película. Y para quienes conocen a Bowie y se han aproximado a su arte y a su ethos, este documental será una buena excusa para volver a deleitarse con las canciones, las ideas y los conceptos de este singular artista británico. Nada más.

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