La ONU gana su gran batalla marina

Se ha aprobado el Tratado de Alta Mar, que protege las áreas marinas que se encuentran más allá de las 200 millas náuticas de aguas territoriales. Se trata de un paso muy importante, ya que mares y océanos absorben el 25% de los gases de carbono que emiten las actividades humanas.

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Tras casi 20 años de negociaciones, los países miembros de Naciones Unidas aprobaron –en una sesión maratoniana que se alargó 36 horas hasta la noche del 4 de marzo– el llamado Tratado de Alta Mar, un paso imprescindible para proteger los océanos en los espacios que no están bajo la soberanía de ningún Estado.

“El barco ha llegado a buen puerto”, anunció entre lágrimas Rena Lee, la presidenta singapurense de la conferencia intergubernamental de la biodiversidad marina en áreas más allá de las jurisdicciones nacionales (BBNJ, por sus siglas en inglés). Su emoción no era gratuita. Las áreas de alta mar –es decir, las que están más allá de las 200 millas náuticas de aguas territoriales– representan 230 millones de kilómetros cuadrados, más de lo que ocupan todos los continentes juntos.

Las delegaciones nacionales de los 193 países participantes, que no habían abandonado la sala de negociaciones durante casi dos días, recibieron las palabras de Lee con una larga y unánime ovación. Para que entre en vigor, 60 países deben ratificar el tratado. La UE ha donado 42 millones de dólares y Bloomberg Philanthropies otros 80 millones para acelerar el proceso.

El secretario general de la ONU, Antonio Guterres, atribuyó la victoria a la conciencia de la comunidad internacional de la importancia de cumplir con los objetivos de la Agenda 2030 de Desarrollo Sostenible y los compromisos de Biodiversidad Kunming-Montreal para proteger el 30% de la superficie terrestre y marina para 2030 (objetivo 30×30). Hoy solo el 6% de las áreas terrestres y el 8% de las marinas tienen algún tipo de protección.

Instinto de supervivencia

Según Laura Meller, representante de Greenpeace en la fase final de las negociaciones en Nueva York, el tratado es una señal de que el instinto de supervivencia puede imponerse sobre la geopolítica. La llamada High Ambition Coalition, un grupo ad hoc que integraron Washington, Bruselas, Londres y Pekín, se esforzó en tender puentes con el Sur Global para lograr consensos en puntos controvertidos, como la explotación de recursos naturales.

Nadie ignoraba lo que estaba en juego. Mares y océanos absorben el 25% de los gases de carbono que emiten las actividades humanas. Las corrientes marinas, por su parte, redistribuyen el calor, limitando las diferencias de temperaturas entre las aguas tropicales y polares hasta en 30°.

Si solo la atmósfera –vientos, tormentas– moviera el calor, la diferencia superaría los 110°. Su importancia económica no es menor: pesca, transporte marítimo, turismo y otras actividades económicas que dependen del mar, mueven al año unos 2,5 billones de dólares. El Tratado de Alta Mar tiene “dientes”, es decir, garantías y mecanismos para asegurar su cumplimiento y sancionar las infracciones.

«Nadie ignoraba lo que estaba en
juego. Mares y océanos absorben el
25% de los gases de carbono que
emiten las actividades humanas.»

Lee ha dejado claro que no se renegociará ningún punto sustancial. No es casual. Según un reciente informe de la International Union for Conservation of Nature, entre el 20% y el 25% de las especies marinas están al borde de la extinción.

Alta mar alberga todos los eslabones de la cadena trófica, desde fitoplancton a ballenas azules y tiburones blancos, entre otras especies de megafauna marina, cada vez más amenazada por la sobrepesca, la contaminación y la navegación de altura y gran cabotaje. Desde 1970, según WWF, las poblaciones de tiburones y rayas han caído un 70% en alta mar.

Cuando las aguas marinas absorben más dióxido de carbono de la atmósfera, pierden oxígeno, se calientan y se hacen más ácidas. Esto obliga a migrar a muchas especies en busca de
aguas más frías e impide a moluscos y crustáceos formar sus conchas y exoesqueletos. Diversas especies que viven cerca del litoral pasan largos periodos en alta mar, donde son presa de su peor depredador: la pesca ilegal. Los animales, a diferencia de los Estados, no reconocen fronteras nacionales.

Minería submarina

Cada año se arrojan al mar unos 11 millones de toneladas métricas de plásticos y volúmenes incuantificables de combustibles y residuos en alta mar, donde la vigilancia es mínima. Según Jessica Battle, que dirigió el equipo de WWF, ahora ya nadie podrá justificarse diciendo out of sight, out of mind –algo así como ojos que no ven, corazón que no siente– porque el umbral de impunidad va a ser menor.

No hay tiempo que perder. La explotación de los lechos marinos para extraer minerales –cobalto, níquel, cobre…– de nódulos polimetálicos como los que existen en la zona Clarion-Clipperton, entre Hawái y México, está cada vez más cerca por su viabilidad tecnológica y rentabilidad económica.

Francia, sin embargo, propone prohibirla del todo porque podría infligir daños irreparables a ecosistemas poco conocidos y hasta ahora prístinos. Las succionadoras que sacarán a la superficie los minerales, removerán toneladas de sedimentos que se desperdigarán por cientos de kilómetros.

Las grandes profundidades –como la fosa de las Marianas, en el Pacífico occidental, de hasta 11 kilómetros de profundidad– son la última gran reserva de biodiversidad, albergando especies casi desconocidas como anémonas con tentáculos de tres metros o tiburones luminiscentes.

Interés general

El Tratado de Alta Mar reconoce a los océanos y sus recursos como un patrimonio universal y parte integral de la cultura y bienestar de quienes dependen de ellos, por lo que deben gestionarse en beneficio del interés general de la comunidad internacional. Según ese principio, todas las actividades extractivas en ellos deben estar sujetas a algún tipo de control.

Según una comisión de 700 expertos de 11 países, las dificultades de supervisarla y regularla privan a la minería en los lechos marinos de “legitimidad social”, por lo que pide que se imponga una moratoria hasta que se tengan los conocimientos científicos y medios técnicos para garantizar su sostenibilidad medioambiental.

Recursos genéticos

La convención de la ONU sobre el Derecho del Mar (Unclos) se firmó en 1982 y actualizó en 1994. Entre sus 168 signatarios no está Estados Unidos. En 2004, la ONU creó un grupo ad hoc para discutir la protección de los océanos fuera de las jurisdicciones nacionales. En 2015, autorizó negociar un tratado vinculante.

Las negociaciones comenzaron en serio en 2018. Los mayores obstáculos se centraban en torno a los subsidios a las flotas pesqueras, que hasta ahora se habían mostrado insuperables. Cuando el tratado entre en vigor, en ciertas condiciones, se podrán crear áreas marinas protegidas en aguas internacionales.

Los Estados que quieran desarrollar proyectos industriales en ellas deberán realizar estudios de impacto ambiental bajo supervisión internacional. Nadie podrá apropiarse o patentar recursos genéticos provenientes de fauna y flora –esponjas, corales, algas…– que puedan usarse para producir fármacos, cosméticos u otros productos de valor comercial.

Al ser patrimonio de la humanidad, serán inapropiables. El tratado establece también un mecanismo de distribución de los beneficios que provengan de la comercialización de productos específicos. Y además, compromisos en transferencias de tecnologías.

Compromisos en Panamá

Mientras concluía la BBNJ en Nueva York, en Panamá comenzó la segunda conferencia de Our Oceans. Su declaración final incluyó 341 compromisos por valor de 20.000 millones de dólares. El objetivo es mejorar la vigilancia y conservación de áreas marinas protegidas y corredores de biodiversidad.

El presidente panameño, Laurentino Cortizo, anunció la ampliación de 14.000 a 93.000 kilómetros cuadrados las áreas marinas protegidas. Esto inlcuye cuatro cordilleras submarinas y llanuras y formaciones geológicas profundas.

El país del istmo protegerá con ello el 54,33% de su zona económica exclusiva. Ecuador, por su parte, anunció que las primeras ocho millas de su franja costera continental serán reservas marinas. Allí solo se permitirá la pesca artesanal y actividades vinculadas al turismo, la ciencia y la educación. Entre 2020 y 2022, sus autoridades declararon 44 alertas de pesca no autorizada en la reserva marina Cantagallo–Machalilla.

En tratado autoriza la creación de áreas protegidas en alta mar, incluso si otros organismos, como la Autoridad Internacional de los Fondos Marinos, tienen jurisdicción en esas áreas. Las organizaciones regionales de ordenación pesquera, que administran ciertos recursos pesqueros en diferentes espacios de alta mar, ahora deberán someterse al marco jurídico del tratado.

Plataformas continentales

En América Latina, Argentina quiere proteger cuanto antes el llamado “Agujero Azul” en su plataforma continental en la Patagonia. Una zona de excepcional biodiversidad y, por ello, sometida a una intensa presión de flotas pesqueras chinas, coreanas y europeas. Chile, a su vez, quiere crear otra zona protegida en la cordillera submarina de Nazca, una de las más grandes del planeta. Chile ya protege los parques marinos Nazca-Desventuradas y Motu Motiro Hiva, pero toda la parte media de la cordillera está en aguas internacionales.

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