Los genios: Bayly pierde por nocaut

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“Una persona admirable engendra a su alrededor

multitud de imitaciones.”

Ernesto Sábato

Fue gracias a Álvaro Vargas Llosa y su padre, claro, que Jaime Bayly pudo publicar su primera novela en la prestigiosa Seix Barral de Barcelona. Antes del decisivo padrinazgo del Nobel arequipeño ya habían rechazado al autor de Fue ayer y no me acuerdo de un sinnúmero de editoriales españolas (e inclusive de su Lima natal, a pesar de su descollante fama televisiva).

            Vargas Llosa, el memorioso, nunca olvidó a todos aquellos que lo apoyaron sin reservas durante la campaña presidencial en la que perdió contra un ignoto y taimado ingeniero de la Universidad Nacional Agraria de La Molina. Tampoco desatendió a los que lo traicionaron y oficiaron de tránsfugas (algunos terminando siendo dóciles mascotas de la dictadura. Por eso caricaturizó de forma inmisericorde a su paisano Enrique Chirinos Soto en La fiesta del Chivo elucubrando al inolvidable “Constitucionalista Beodo”, también conocido como “la inmundicia viviente”).

La gratitud hizo que, tapándose la nariz (y quizá algo más), el Nobel escribiera un prólogo para el libro de la mismísima Gisela Valcárcel. Con Bayly tampoco fue rácano en elogios, pues, acerca de No se lo digas a nadie, dejó dicho: “esta excelente novela describe con desenvoltura y desde dentro la filosofía desencantada, nihilista y sensual de la nueva generación”. Pues tú nunca aprendes, Zavalita: cría cuervos y te sacarán los ojos…

            Alguna vez alguien dijo que el ex ‘Niño Terrible’ pensó en Un mundo para Julius de Bryce y apenas le salió Yo amo a mi mami. Acarició, con febril admiración y tal vez de rodillas, la monumental Conversación en La Catedral. Y luego sólo pudo pergeñar la procaz y graciosísima Los últimos días de La Prensa (que, la verdad, no es poco).

            Como una miríada de escritores peruanos, Bayly tiene un asunto pendiente —una palta jodidísima— con Mario Vargas Llosa que, por suerte, no terminará con un puñetazo. ¿Se trata de la envidia admirativa que termina trastocándose hasta pervertirlo todo? ¿El saber que, así le venda su alma al diablo, nunca estará a su lado en el —simbólico, claro está— parnaso literario en donde ya espera a Varguitas el endemoniado genio de Aracataca Gabriel García Márquez?

            Bayly, como muchos narradores sin sus luces ni su carisma, se ha empeñado tozudamente en imitar al autor de La casa Verde. Sin embargo, siempre ha querido ir más allá, sin éxito, quedando como un mero bufón televisivo con un indudable talento para la entrevista memorable y, cómo no, la pachotada puntillosa. El exconductor de “El Francotirador” también quiso ser presidente, o al menos candidato, emulando a Vargas Llosa, desde luego. Buscó desesperadamente vientres de alquiler de la peor laya (recuerden sin regurgitar a Barba Caballero, por ejemplo). Y hasta tuvo una disputa delirante y circense con Baruch Ivcher para goce de todos los televidentes domingueros.

            En un revelador fragmento de su primera novela, publicada en 1994, el álter ego de Bayly recibe un consejo de su madre que se le grabó con fuego: “No tengas miedo al ridículo, mi cielo. No tengas miedo al qué dirán. Tú eres un líder. Un líder nato. Tú has nacido para ser presidente o cardenal. Y de repente me quedo chica. A veces pienso que hasta el Vaticano no te para nadie”. ¡Ajá!

            Se me antoja que Bayly es un narrador de raza. He disfrutado varias de sus novelas como el que más. Lo que lamento es su actitud frente a la literatura: toda la vida antepuso su desbordado interés por el dinero, la televisión y los fuegos fatuos de la fama.

Él, como muchos, pudo ir más lejos, pero no quiso. Tuvo sus prioridades y allí se anquilosó. Se sabe, por ejemplo, que Bayly, a instancias de su madre, (todavía) no es capaz de publicar una novela que se titularía La sagrada familia porque, según él mismo confiesa, su progenitora no lo incluirá en el testamento (y hablamos de millones de dólares, por supuesto): “me ha amenazado, me ha dicho que si la publico no la veré más en vida y no seré incluido en su testamento […], no sé qué hacer, teniendo en cuenta que lo que pagan las editoriales es poco o nada y que heredar de mi madre me sacaría de pobre”, reveló en una entrevista muy atribulado.

            En su última novela Los genios, publicada en Revuelta Editores, Bayly no acusa o muestra las intimidades de Vargas Llosa. Todo lo contrario. El autor se exhibe y, una vez más, confiesa. Pues, querámoslo o no, en toda novela se camufla la autobiografía del autor: “Estoy mentalmente enfermo desde niño porque soy hijo de un militar frustrado y de una monja frustrada”.

Por eso, en la página 12 de la ficción dedicada a los genios del boom, no habla de Ernesto Vargas Maldonado, sino de Jaime Bayly Llona (su propio progenitor): “lo odiaba porque era un padre cruel, mezquino, miserable, que solía insultarlo, rebajarlo, decirle que era una mariquita, un hijito de mamá, un llorón. Sentía que su padre era un enemigo, un extraño. Sentía que su padre lo miraba con asco o desprecio o con tristeza, como si fuese un hijo fallido, defectuoso, no el hijo machote que él quería tener”.

Por otro lado, cuando se refiere a Dorita Llosa, en realidad Bayly describe a su propia madre, Doris Letts, quien lamentablemente estaba acostumbrada a que Jaime Bayly Llona “la maltratase, la insultase, la pegase, la penetrase sexualmente sin preguntarle si ella lo deseaba. Estaba resignada a servirlo, a acomodarse a sus caprichos y antojos, a sufrir y a llorar porque ese era el hombre que Dios, pensaba ella, le había enviado para conocer el verdadero amor, que no era el amor de la lujuria, de la pasión carnal, del egoísmo, sino del sacrificio, de la entrega desinteresada”.

En la página 23, en realidad, podemos imaginarnos, en Miami, a la esposa del periodista limeño contando lo cómoda que se siente dejando al cuidado de su hija a empleadas doméstica: “No tienes que ir al mercado, ni cocinar, ni limpiar, ni lavar la ropa. Todo te lo hacen perfecto esas señoras maravillosas. Y además cuidan a tus hijos mejor que tú misma”. Así, pues, en Los genios la violencia es autoinfligida: Bayly se puñetea a sí mismo… y está acostumbrado a hacerlo. 

No se equivocó Roberto Bolaño cuando calificó la prosa de Bayly de luminosa. ¡Muy bien! No obstante, Vargas Llosa es de otras ligas y es lo que a muchos les pesa más que sus nauseabundos y recurrentes desatinos políticos (como recibir una condecoración del termocéfalo Rafael López Aliaga).

***

            Jamás olvidaré aquella noche arequipeña en esa hermosa biblioteca de piedra sillar atestada por propios y extraños. Traía conmigo un ejemplar de García Márquez: historia de un deicidio. Todavía él era accesible, pues aún no le habían otorgado el Nobel, pero en Arequipa siempre era recibido como un rockstar para envidia y maravilla de sus sobones de la capital.

            Puse en sus ancianas manos el mamotreto que le dedicó a la obra de García Márquez y se lo confesé:

            —Este libro es muy importante para mí.

            —¿En dónde lo conseguiste? —me preguntó sorprendido y escrutándome con su perforadora mirada.

            —En Aquelarre, una librería de viejo en donde lo conocen muy bien. Para mí esta obra es muy importante, don Mario —insistí emocionado.

            —Si para ti es importante, ¡imagínate para mí! —me dijo esbozando una media sonrisa antes de estampar su firma.

            No exageraría si confieso que aquella noche fue extraordinaria. Vargas Llosa ha cometido, no errores, sino horrores políticos (ojo: Bayly, muchos años antes, ya apoyó descaradamente al fujimorismo en varias elecciones y sin un ápice de vergüenza). Pero las grandes novelas del Nobel permanecen intactas recordándonos lo que la pasión, el talento y la testarudez son capaces de conseguir.

            Vargas Llosa ha cumplido 87 años el pasado 28 de marzo. Se lo ve realmente desmejorado. Lo digo lamentándome de no poder darle mi propia vida al fabulador y eximio novelista para que escriba la segunda parte de sus memorias. O para que recuerde los años dorados del boom, cuando él soñaba con cambiar el mundo y retratarlo sin contemplaciones. Yo le daría mi vida a Vargas Llosa y no es ficción. Porque él me cambió la vida como nadie más lo hizo (ni, como lo sospecho, nadie más lo hará).

Lo dicho: en su novela Los genios, Bayly no acusa al Nobel, sino se muestra como lo suele hacer impúdicamente. Pues él, ahora que a la vez colecciona armas, “ha terminado pareciéndose a su padre” (página 233). Y, por su parte, Mario Vargas Llosa, como los auténticos genios, tendrá cientos de biógrafos (y de los mejores). A Bayly, en cambio, le quedará el consuelo de su escritora maldita… Porque (y aunque suene indecoroso) no todos merecen tener una Patricia Llosa o, para el caso, una Mercedes Barcha. En Los genios, Bayly perdió. Y por nocaut. Vargas Llosa ganó sin subir al ring.     

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