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Arequipa

Nuestra piel más temida

"Nos invita a contemplar sin ira las heridas que nos dejó la década sangrienta del terrorismo, la perplejidad y el silencio insoportable a que nos obligó esa etapa vergonzosa de nuestras vidas. Nos invita a observar por qué variados vericuetos se cuela todavía (y se colará) ese dolor"

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La piel más temida es nuestra propia piel, la que, desnuda de ropajes, nos revela ante los demás. Es esa piel llena de cicatrices que pretendemos ocultar o, por lo menos, olvidar. Es la piel que descubrimos inevitablemente algún día, sea voluntariamente o sea por azar, sea pronto o sea tarde, pero la que tendremos que contemplar largamente y en silencio mientras muchas preguntas sin respuesta nos atiborran la garganta. Alejandra tarda veintidós años en descubrirla. Hasta entonces había vivido una existencia más o menos cómoda en Estocolmo, con su madre y con su carrera universitaria. Acaso del Perú sabía de oídas sus tópicos históricos y turísticos. Un día regresa a su natal Cusco y, como en una catábasis sin retorno, se va adentrando a lo más profundo de su propia piel, hasta toparse con su abuela, Dominga, una mujer hierática e inexpresiva que, poco a poco, le irá revelando la suave miga de su corazón.

El problema de Alejandra no es descubrir que su padre haya militado en Sendero ni que esté preso ni que, víctima del cáncer, se esté muriendo. Esos, sin duda, son problemas en sí mismos, pero el busilis de la película no va por ahí. Su problema es descubrir la milenaria y compleja piel que la recubre. Su perplejidad nace de la comprobación in situ de los tumultuosos ríos que alimentan su identidad. Si, de su familia paterna, Alejandra sólo se hubiese topado con su padre, entonces no habría ninguna problematización: su padre es un hombre pétreo, orgulloso, intratable. Como un animal herido, sólo sabe mostrar las fauces a los demás. Muerto el padre, Alejandra lo hubiese olvidado y habría partido a Europa con la conciencia de que del lado paterno ninguna sombra oscurecerá su camino. Pero está Dominga, su abuela. Como toda mujer sufriente, Dominga es silenciosa y evasiva. Tiene que trabajar duro para solventar los gastos de su hijo enfermo y los suyos propios. Desde mucho tiempo atrás ha vivido sola y la tristeza la ha sumido en una parquedad casi inexorable. Alejandra no llega fácil a la presencia de Dominga. Debe esperar días para verla y cuando la ve, no es recibida de la mejor manera. Pero, poco a poco, con la cercanía y el trato humanos, Dominga muestra una gentileza y una ternura de la que Alejandra debe necesariamente considerarse heredera. Porque si algún don nos otorga la civilización es la humanidad, la empatía, el amor. Y allí donde vemos esos dones, reconocemos una filiación que va más allá de credos políticos o de circunstancias familiares. Dominga enlaza, con un nudo invisible y definitivo, el corazón de Alejandra a la sangre paterna.

Como se ve entonces, el tema sustancial de la película es la problemática identidad. No la de Alejandra solamente, sino la de todos los peruanos que llevamos en la sangre el sino del mestizaje y del conflicto armado interno. Joel Calero, con buen ojo, nos invita a reflexionar en ese difícil devenir de nuestra identidad. Nos invita a, frente a las seducciones del cosmopolitismo occidental, reconocer la fuente nutricia ancestral de nuestros antepasados: su humor, su cosmovisión, su sentir. Su humanidad que es la nuestra. Nos invita a contemplar sin ira las heridas que nos dejó la década sangrienta del terrorismo, la perplejidad y el silencio insoportable a que nos obligó esa etapa vergonzosa de nuestras vidas. Nos invita a observar por qué variados vericuetos se cuela todavía (y se colará) ese dolor. Nos invita, en fin, a asumir lo que somos, lo que ha alimentado nuestro ser y de lo cual sería un pecado imperdonable renegar. Alejandra, al ver a la menuda y diligente Dominga, con sus ropajes andinos, con su andar contrahecho, con sus labios amoratados por el frío de las punas, se reconoce en ella. Ahora debe regresar a Estocolmo, a su vida en Europa, ¿pero olvidará ese rostro cetrino y esas manos encallecidas que le ofrecieron calor y alimento?

La actriz boliviana María Luque ha hecho un espléndido trabajo dando vida a Dominga. Con silencios contenidos y con una mirada en la que se acumula el dolor de siglos, nos ha mostrado a una mujer que sufre, pero que lleva su sufrimiento íntimamente, sin exteriorizarlo. La única vez que llora lo hace por la noche, mientras todos duermen. Su dolor, sin embargo, no le impide mostrar amor hacia los demás. Se lo demuestra a Alejandra con creces y ese acto de bondad es el que la atará por siempre al Perú. El contrapunto de Dominga es su hijo, el exsenderista preso que es un hombre hosco y amargado (pensar que este personaje podría generar alguna empatía en el espectador es un disparate total). Y el otro personaje, que sirve para explicar que en la rama materna de Alejandra no hay ninguna problematización, es Américo, un Lucho Cáceres muy a tono con su sempiterna simpatía. A pesar de su estilo campechano y sus maneras criollas, en este personaje también se advierten huellas de dolor, de un proceso que no ha completado su desarrollo. Américo ha visto con sus propios ojos la barbarie y no termina de explicárselo.

Siguiendo la estela de “La última tarde” (2016), Joel Calero nos ha presentado una película hermosa y sentida. Nos gustaría que los hechos de la trama se lleven a escena y que no nos lo cuenten exclusivamente mediante diálogos, pero sabemos también que desde “La última tarde” Calero ha venido explorando ese recurso. Como muestra de su buena mano, el entierro del hijo, esa escena trágica y de tintes muy vernáculos, está genialmente ejecutada. En la composición de la escena se ven en primer plano, en una panorámica oblicua, a las mujeres de luto llorando el cadáver que yace en un lecho floreciente. Al fondo, el río destella los últimos resplandores del sol y ese color se conjuga con el tono ocre de la orilla y con el tono oscuro del vestido de las mujeres, (en el centro, la mamacha, como una mater dolorosa, suelta sus ayes al viento). Esta escena demuestra que Calero está para grandes cosas, esperamos con ansias el fin de su tetralogía, actualmente en producción, “Álbum de Familia”.

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