La reconquista militar de los polos

A pesar de las grandes diferencias –geográficas, jurídicas y estratégicas– de los Polos Norte y Sur, los regímenes de cooperación que los gobernaban se ven cada vez más amenazados por los intereses militares y económicos de los Estados colindantes –y no tan próximos.

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En marzo de 2022, tres submarinos rusos emergieron simultáneamente en el mar de Wandel, en la costa noreste de Groenlandia, lindante con aguas territoriales de Canadá, el país con más costas del mundo (202.000 kilómetros) y miembro fundador en 1941 de los Five Eyes –con Australia, Nueva Zelanda, Reino Unido y EEUU–, que integran la llamada “angloesfera”, a la que Winston Churchill llamaba the english- speaking peoples.

Existen pocos grupos de naciones con culturas militares y estratégicas tan sincronizadas como las suyas, resultado de haber combatido juntos en todos los grandes conflictos del último siglo, incluidas las dos guerras mundiales. Según escribe Robert D. Kaplan en The Washington Post, el AUKUS (Australia, United Kingdom, United States) extiende al Pacífico Sur la Carta Atlántica que Roosevelt y Churchill firmaron en 1941 a bordo del USS Augusta, esta vez para contener el expansionismo naval de China en el Sureste asiático y los archipiélagos polinesios.

Washington quiere hacer algo similar en el Ártico con Canadá y sus aliados nórdicos de la OTAN. La base de submarinos rusa de Gadzhiyevo está a solo 200 kilómetros de la frontera de Finlandia. Según el Centre for Strategic and International Studies, en sus regiones árticas Rusia tiene tres grandes bases militares, 13 aeropuertos y 10 estaciones de radar. Su Flota del Norte concentra en sus bases del mar de Barents, dos tercios de las capacidades nucleares de la Armada, incluidos todos sus

submarinos atómicos.

El ‘Arctic7’ y el golfo de Adén

Tras la invasión rusa de Ucrania, los siete países miembros occidentales –Estados Unidos, Canadá, Dinamarca, Finlandia, Islandia, Noruega y Suecia– del Consejo Ártico congelaron sine die las funciones de un organismo que habían creado con Moscú en 1996, cuando Rusia era miembro del G8.

El nuevo Arctic7, sin embargo, puede decidir pocas cosas sin la cooperación de Rusia, en cuyo territorio se encuentra, que desde el mar de Barents al estrecho de Bering, el 64% del litoral ártico, una de las grandes bazas geopolíticas del Kremlin. Debido al cambio climático las rutas marítimas árticas se están haciendo navegables ya no solo en el verano boreal. La inestabilidad en el golfo de Adén y el mar Rojo está acelerando la búsqueda de rutas que no pasen por el canal de Suez.

Según un informe de AP que cita a comandantes y expertos militares, la actual campaña en el mar Rojo contra los hutíes yemeníes es la batalla naval más intensa que ha enfrentado EEUU desde 1945. Hasta ahora, las tensiones en el golfo Arábigo/Pérsico se habían limitado a choques de barcos con minas.

Eran otros tiempos. En los que corren, mercantes de todas las banderas y las fragatas y destructores de la misión Prosperity

Guardian que lidera la US Navy son objetivo de ataques con drones y misiles. El transporte de contenedores en la zona ha disminuido un 90%. Una treintena de navieras han optado por la ruta del cabo de la Buena Esperanza pese a que añade

11.000 millas náuticas y dos semanas al trayecto hacia Europa y un millón de dólares en combustible.

Rutas marítimas polares

Sobre el mapa, la alternativa ártica parece atractiva. Entre Islandia y el extremo norte escandinavo y Shanghái, la Ruta Marítima del Norte (RMN) tiene unos 12.000 kilómetros de largo, frente a los 21.000 de la que atraviesa el canal de Suez.

Desde los años ochenta, la superficie helada en el Ártico se ha reducido un 30% entre otras cosas porque el agua es más oscura que el hielo, con lo que absorbe más calor. El círculo ártico se esté calentando cuatro veces más rápido que el resto del mundo. Y la Antártida el doble, lo que crea más costas y extensiones de mar abierto que hay que vigilar y defender.

En cierto modo, es como si Rusia y la OTAN estuviesen adquiriendo nuevas fronteras exteriores. Pero los vacíos geopolíticos no suelen durar mucho. India acaba de publicar su primera estrategia ártica. Turquía ha ratificado un tratado que le da acceso al archipiélago noruego de Svalbard. En 2023, Sharam Irani, comandante de la Armada, anunció que Irán va a construir una base permanente en la Antártida donde, dijo, tiene “derechos soberanos”.

‘High north, low tension’

En esas condiciones no extraña que se estén multiplicando maniobras militares como la Steadfast Defender (enero-mayo 2024) de la OTAN en el Atlántico norte alto (high north), las mayores desde el fin de la guerra fría y en las que participaron

90.000 efectivos militares aliados. En el otro polo la situación es similar. En los recientes ejercicios Southern Seas 2024 en el Atlántico sur tomaron parte el portaviones nuclear USS George Washington y fuerzas navales brasileñas, argentinas, chilenas, peruanas y ecuatorianas en operaciones de transporte, formaciones tácticas y ejercicios antiaéreos y antisubmarinos.

Los marinos noruegos solían decir High north, low tension para describir la distensión que reinaba en la zona hasta el cambio de siglo. En 2007, los batiscafos Mir-1 y Mir-2 plantaron una bandera de la Federación Rusa justo debajo del Polo Norte, a 4.261 metros de profundidad, lo que podría servir a Moscú como argumento para eventuales reclamaciones territoriales.

En 2021, China y Rusia vetaron la creación de nuevas áreas protegidas en aguas antárticas alegando que impedían investigaciones científicas. Según Audun Halvorsen, directivo de la Norwegian Shipowner Association, la RMN no va a ser una alternativa viable en plazos previsibles por las tensiones geopolíticas, las distancias, la oscuridad y el hielo flotante.

Rusia, recuerda, es la que otorga los permisos y fija el precio de acceso y tránsito porque las aguas cercanas a sus costas son las más seguras, pero al ser poco profundas solo pueden

navegarlas barcos de poco tonelaje. En mar abierto, las condiciones atmosféricas son mucho peores y las placas de hielo más gruesas.

Una vez que en agosto termina el “sol de medianoche”, durante los siguientes seis meses el círculo ártico queda envuelto en una noche perpetua. A 40º bajo cero en el mar de Beaufort las baterías se descargan rápido, la humedad inutiliza todo tipo de dispositivos y armas y las bolsas de plasma para transfusiones se congelan. En el estrecho de Magallanes en el paso de Drake, se forman olas gigantes en medio de vientos huracanados y ciclones.

El gran juego ártico

Las dificultades, sin embargo no van a inhibir el interés en la RMN. En marzo de 2023, durante su visita a Moscú, Xi Jinping y Putin anunciaron la creación de un organismo sino-ruso para desarrollar la ruta. Según Pekín, su status de “nación cercana” le da derecho a voz –y voto– en asuntos árticos. China tiene un centro de investigaciones en Svalbard, el archipiélago noruego más cercano al Polo Norte, pero hasta ahora solo ha podido sacar adelante un proyecto gasístico en la península rusa de Yamal. Desde 2014, Rusia, en cambio, ha construido más de 475 instalaciones militares en sus regiones árticas.

En Nome (Alaska), por su parte, el Pentágono está construyendo un puerto de aguas profundas para recibir fragatas y portahelicópteros. Moscú tiene un activo estratégico

clave: Múrmansk, la mayor ciudad que existe al norte del círculo ártico, a solo 2.345 kilómetros del Polo en el extremo norte de la península de Kola. Su puerto, libre del hielo todo el año, alberga la flota de rompehielos y submarinos nucleares de la Armada rusa.

Groenlandia, piedra de toque

Groenlandia, un territorio autónomo danés cinco veces más grande que Dinamarca, es otra de las piezas claves del tablero ártico. Casi a medio camino entre Washington y Moscú. En 2017, Copenhague rechazó una propuesta de compra de una empresa minera china de una base naval abandonada. En agosto de 2019, Donald Trump propuso comprarle la isla entera. La primera que Washington le hizo una oferta semejante fue en 1867. No es extraño. Según Walter Berbrick, profesor de la US Navy War College, Groenlandia es vital para controlar el acceso al Atlántico norte.

El problema es la dificultad para vigilar sus 44.000 kilómetros de costas, donde submarinos rusos pueden usar robots para cortar cables submarinos. Frente al medio centenar de rompehielos de Rusia, EEUU solo tiene dos: el USS Healy en el Ártico y el Polar Star, en la Antártida. La responsabilidad de la OTAN solo se extiende al High north atlántico, un término ambiguo que describe las zonas libres de hielo. En el verano de 2023, el ministro de Exteriores finlandés, Pekka Haavisto, comentó al Financial Times que “mantener al Consejo Ártico en un limbo podría convertir las regiones polares boreales en

“un salvaje oeste sin reglas y sin nadie que las haga cumplir”.

Polos opuestos

No solo en lo geográfico el Ártico y la Antártida son polos opuestos. El primero es un mar rodeado de continentes y la segunda una masa continental rodeada de océanos con capas de hielo que contienen agua suficiente para elevar 60 metros el nivel del mar. Así, a diferencia del vacío jurídico del Ártico, en la Antártida rige un sistema de tratados que según escribe Elizabeth Buchanan en Foreign Affairs es el más idealista de la historia de la diplomacia, destinando el continente a la cooperación e investigación científica.

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