Jorge Luis ortiz

Memorias del escribidor

Mis �ltimas mentiras

Ricardo me llama al trabajo agitado, avivado por una propuesta ins�lita. Me dice que est� feliz pero confundido (o felizmente confundido) porque es la mam� de su nueva novia (su potencial suegrita) la que, en alegre complicidad con su hija, lo ha invitado a mudarse con ellas para una grata convivencia. Le digo que me alegro por �l, que aunque con cierta pena lamento no haber hecho realidad el trato de mudarnos juntos a otro departamento para pasar nuestros d�as de nueva solter�a en coexistencia heterosexual, me regocija o�rlo y sentirlo lleno de esperanza, y que es una decisi�n saludable y seguramente prometedora. Mentira. Creo que Ricardo se ha puesto la soga al cuello y terminar� ahorcado como aquellos bandoleros que son ejecutados �ltimamente en M�xico por ajuste de cuentas, con los test�culos en la boca, por haber aceptado una propuesta tan sospechosamente cari�osa y desprendida como la de su suegra; sospechosa en cualquier suegra, en realidad.

Viviana, la ex de Ricardo, me llama para que le pida a �l cancelar algunas deudas pendientes contra�das durante aquella historia de amor. Le digo que no se preocupe, que sin mayor demora le avisar� a Ricardo para que se las resuelva y que su pedido es justo, prudente y necesario. Mentira. Creo que las "deudas" (que en su momento fueron regalos o actos de nobleza desmedida) no son tales cuando son gestadas en medio del amor y el altruismo mutuo de dos personas que se prodigaron, alguna vez, ternura y afecto invaluable (a pesar que el destino les haya deparado caminos distintos producto de las emociones cambiantes propias de la naturaleza humana). Saldar cuentas econ�micas nunca es elegante ni decoroso cuando �stas se generan, casi, con m�stica obnubilaci�n por el otro.

C�sar, quiz� mi �nico y persistente amigo fuera de los l�mites de este pa�s (lleno de amigos perdidos), exiliado en Estados Unidos desde hace ya cinco a�os, me escribe pregunt�ndome sobre mi vida despu�s del amor, si es que alg�n pensamiento o imagen repentina de la madre de mi hija distrae mi atenci�n en la rutina de estos meses de separaci�n. Le respondo que no, que el trabajo absorbe toda mi energ�a, que mi vida se ha reducido a observar y analizar estados financieros y a disponer de enormes cantidades de dinero �que sin ser m�o debo suponer que lo es para prestarlo� y que lo �nico que llena mi cabeza despu�s de cada jornada asfixiante, rodeada de c�lculos y reportes crediticios, es el anhelo de despojarme de la corbata y encontrar la cama abierta para vengarme del trabajo aplastante con un sue�o infinito. Sin embargo, el hecho que desmiente esta respuesta, explicada muy minuciosamente a C�sar en el correo, se da cada ma�ana que despierto erecto y abstra�do luego de deleitarme con alucinaciones er�ticas, imponentes en la consumaci�n del acto amatorio, rodeado ya no de reportes ni de n�meros sino de goce, piel canela y aturdimiento cuando recuerdo, al alba, el rostro de mi on�rica amante.

Ricardo y Viviana me escriben, en fechas distintas pero con las mismas intenciones. Quieren que deje de escribir estas cr�nicas, que a pesar de tener a protagonistas ficticios en ellas, se sienten muy identificados con las historias y los detalles contados. Me piden que si lo hago al menos no las publique en el semanario ni por Internet porque no quieren exponer su intimidad y que no tengo derecho a hacerlo, que si escribo mejor lo haga de m� mismo. Les respondo que no hay por qu� perturbarse, que mis textos son meros artilugios de distensi�n personal y que si no escribo sobre m� es porque mi vida me parece aburrida y sin hechos dignos de contarse en una cr�nica. Pero que si esto les causa alguna incomodidad o fastidio dejar� de hacerlo en honor a nuestra amistad. Por supuesto, no hace falta decir que, en esto �ltimo, tambi�n he mentido.