Juan CArlos validivia

Sobre el volcán


Dios, el César y la Mujer (III)

Creo que hay una gran indiferencia y desprecio por la situación de la mujer en esas terribles circunstancias aludidas. En ellas no se puede hablar de derecho a la vida, cuando se desprecia la vida, es decir, la calidad de vida de esas personas, empujándolas a la clandestinidad, a la delincuencia y a la muerte, a pesar de su situación tan grave y peligrosa. Sobre cuernos, palos. Especialmente en los miles de casos de mujeres pobres, que son mayoría absoluta. Eso no puede ser ni legitimo ni cristiano. Como dice Adolfo Sánchez Rebolledo: "La ley no cumple su cometido, ni persigue a quienes lo practican en la clandestinidad, ni impide la muerte de un número altísimo de mujeres"

Hay un ingrediente misógino al considerar a una mujer que interrumpe su embarazo como una delincuente, a pesar de las razones tan atendibles. Lo que atenta contra su vida porque afecta gravemente su calidad y, en consecuencia, su derecho a la vida y a la salud. Es un ensañamiento bárbaro considerar a una mujer, que vive una situación así, en el mismo plano que un vulgar ladrón, asesino o corrupto, cuando se trata de asuntos de salud, es decir, ni morales, ni penales.

No hay dolo, ni culpa, ni pecado, en ningún sentido; nada más que dolor, angustia y sufrimiento femenino. Solo alguien de espíritu muy materialista puede creer que, como no se ven, no existe ese sufrimiento, esa angustia y ese dolor por el que pasan las miles de mujeres que viven y mueren en esa situación.

Creo que es condición sine qua non para que se de esta discusión civilizadamente, el acuerdo previo respecto de su carácter. ¿Qué tipo de problema es? Y a este respecto creo que, a despecho de las diversas perspectivas que existen, se trata de un problema jurídico; no de un problema moral, en el sentido católico de la palabra, ni religioso, cualquiera que sea la religión.

Se trata de un asunto de Estado dentro de una República que es, por definición, laica. El Estado es neutral frente a las iglesias: no privilegia, ni favorece ni ataca ni persigue a ninguna. La Iglesia no tiene poder político, no es un poder del Estado y debe estar separada de él. Por tanto, no tiene formalmente y no debería tener realmente injerencia en sus asuntos y no debería opinar públicamente sobre ellos. Viola el aludido principio republicano de separación del Estado y la Iglesia. Como dice la mejicana Marta Lamas, directora de GIRE (Grupo de Información en Reproducción Elegida) : "Los sacerdotes tienen todo el derecho de prohibir, sancionar, excomulgar, vociferar y orientar a sus fieles. Pero ninguna Iglesia debe introducirse en el ámbito público"

Creo, en suma, que hay que dar al César lo que es del César, a Dios lo que es de Dios y a la mujer lo que es de la mujer.