La Quinta Rueda

RAFAEL  BARRIONUEVO  GONZ�LES

Cortinajes

Lo mejor que se puede hacer en estos casos es cerrar los ojos y confiar �nicamente en el instinto. Y para ello, lo mejor es tener el instinto entrenado. O, por lo menos, escarmentado. S�lo as� podremos eludir con cierta solvencia el vaporoso clima de cortinas de humo y maniobras psicosociales con el que este gobierno nos pretende asfixiar en su �ltimo tercio antes de la respectiva hu�da.

As� que, en realidad no importa si nos vienen con hordas de pishtacos o si una flotilla de ovnis recala en nuestro patio, o si de pronto las once mil v�rgenes echan l�grimas de sangre entre los barrotes de Santa M�nica, lo importante es no perderle la pista al desesperado se�orcito que tiene por costumbre, h�bito y hasta vicio, eso de andar creando realidades paralelas que distraigan al respetable de las cosas que realmente importan.

Porque cuando una cortina se eleva frente a nuestros ojos, lo primero que hay que preguntarse es qu� diablos hab�a detr�s un minuto antes de la cortinada. Lo presuroso de su confecci�n y lo estrafalario del dise�o del cortinaje nos puede servir, incluso, de pauta para categorizar la importancia de lo que se pretende ocultar. Ayer, por ejemplo, se hablaba de un escuadr�n de la muerte tolerado y hasta estimulado por la alta dirigencia aprista del s�lido norte.

Puede ser, todo puede ser. Y el hecho de que venga con su cortinita adosada, significa que es algo que guarda una importancia capital para la reputaci�n y legitimidad del gobierno. Si un Fokker sirvi� para sahumar una isla del Front�n, unos pishtacos pueden servir para camuflar cualquier desaguisado de un jefe policial. Basta ver el historial de notas chirriantes para darse cuenta que cuando hubo exceso de extravagancia es porque hubo demasiado por ocultar. Como ejemplo, Fujimori fue, para el caso, la fosforescencia perpetua. El clima que nunca tuvo primavera.

�Llegar� el gobierno de Garc�a a igualarse al cartel chicha de los noventas? Parece dif�cil, pero no se descarta. Nada se descarta. Con el promedio de cortinas que se manejan, si bien no llegan a instaurar un clima perenne, ya comienzan a sentirse los efectos de cierto microclima putrefacto. Algo esconden cada vez con mayor desparpajo y menos pudor. Cuando empiezan a desbordar los secretos, surgen plet�ricas las maniobras distractivas, los sicosociales, las famosas cortinas de humo. Es entonces que llega el momento de estar doblemente alerta no a lo que se ve sino a lo que no se ve. A lo que pretenden tapar, minimizar o simplemente negar.