Luis maldonado

Confesión de parte


Villancico

"Míster" era el líder del barrio, debería tener unos 10 años, casi siempre andaba descalzo, principalmente cuando jugábamos a tiros con las canicas; era cuando doblaba el pie desnudo hasta formar un puño y sobre éste ponía la bola, infalible para dar en el blanco del contrincante. Nos ganaba a todos. Envidiábamos sus bolas de vidrio de todos los colores y tamaños. El juego más fuerte era el de billas, siendo metálicas había que disparar muy fuerte; a veces los dedos llegaban a doler. Era el último escalón del juego de tiros. Para llegar a él había que empezar jugando con "chochos"; que eran una especie de semillas negras, con cuyas cáscaras mi abuela y unas tías se lavaban el pelo, como champú.

Lo conocimos antes que viniera a vivir en el barrio, cuando habitaba en los cerros vecinos al Cusco y arriaba sus ovejas hasta el río Huatanay. Los sábados nos juntábamos en el pastizal del río y en cuanto las ovejas pastaban, "Míster" nos explicaba los misterios de la vida. Fue la primera persona que nos habló del sexo en forma abierta y nos instruyó sobre las mejores técnicas de la masturbación, donde destacaba aquella de abrir un hueco en el pasto. Años más tarde encontré la coincidencia de copular al mundo en la película "Novecento" de Bernardo Bertolucci.

Con el terremoto del 50, la choza donde vivía "Míster" en los cerros se cayó, murió su padre y su mamá quedó malherida. Alguien compasivo les cedió un quiosco de cartón y calamina en el club de tenis, donde además de guarecerse, vendían gaseosas y golosinas a los socios. "Míster" se dividía entre atender el quiosco, pastar las ovejas que se quedaron en el cerro y la nocturna. Su madre, que no pudo reponerse de las fracturas, apenas podía desplazarse. Por ello, en el mes de noviembre, tuvo que internarse en el hospital, donde la operaron, pero no le daban de alta porque no tenía los seis soles y treinta y cinco centavos que debía.

Cuando llegó la navidad, conocedores del problema de nuestro líder, un grupo de chicos le propusimos salir de adoradores del Niño por las noches. Acogió entusiasta la idea y trajo sus ovejas. Entonces, cada noche salíamos 4 o 5 muchachos con "Míster" y sus ovejas adornadas con cencerros y cintas de colores a rondar por los nacimientos del barrio y recolectar unas monedas. Convertidos todos en pastores éramos la mejor comparsa de adoradores del Cusco. Con sonajas hechas de chapitas aplanadas por el tren, cantábamos: "Niño Manuelito qué querís comer, buñuelitos fritos envueltos en miel…", o, "A la huachi huachi torito, torito del portalito…". De ese modo, llegamos a juntar cuatro soles con setenta centavos, a los cuales agregamos las propinas de nuestros viejos hasta completar lo necesario para que "Míster" pudiese sacar a su mamá del hospital. Lo hizo para Reyes. Creo que fue la navidad más memorable de mi vida.