La Quinta Rueda

RAFAEL  BARRIONUEVO  GONZ�LES

Magia de nochebuena

S�lo por la cercan�a de nochebuena, uno se siente tentado a perdonarlos. Casi casi los termino imaginando humanos, como usted o como yo, con los mismos problemas por llegar vivos a fin de mes y la pedestre alegr�a de llegar otra vez al fin de semana. En una de esas, hasta se me ocurre pensar que, como todos, descorchar�n cierta alegr�a reservada todo el a�o para esta fecha tan especial. Y, faltando un minuto para poner al Ni�o en el pesebre, no sabr�n si rezarle un padrenuestro o prenderle una velita, y ante la duda, se conformar�n con encender una chispa de bengala. Es que, cuando uno apela a lo esencialmente humano, parece que todos, absolutamente todos somos hermanos y por tanto perdonables. O al menos, nunca lo suficientemente condenables.

Ahora que no s� si ellos tengan la misma piedad para con nosotros. Porque si bien navidad es navidad para todos, ellos no son tan humanos como la emoci�n navide�a me los quiere presentar. Por lo menos no los 364 d�as que anteceden a la nochebuena. Porque en ese �nterin, los tenemos m�s dioses que humanos; echando al fuego de su intolerancia nuestras ilusiones democr�ticas, y jugando a que el pa�s era un tremendo queso al que se le pod�a meter diente cuantas veces quisiera uno, con esa impunidad que da la experiencia en el ejercicio del poder. Es decir, salvo en nochebuena, no imagino -no quiero imaginar- a Alan Garc�a cantando villancicos, a R�mulo Le�n envolviendo regalitos, a Mercedes Cabanillas repartiendo abrazos entre los vecinos de la cuadra. Con qu� derecho, digo yo.

Eso que quede para el momento exacto de la larga noche de la nochebuena. Para ese instante en el que ocurre cierta hermandad producto de sabr� Dios qu� efluvios, o qu� recuerdos, o qu� magia que aun no estoy seguro si sale de las frutas confitadas del panet�n o de la acumulaci�n planetaria de tantas alegr�as infantiles que en ese instante son mayor�a. En ese instante, que dura un flash y que si uno no se da cuenta tiene que esperar otro a�o para espectar el curioso fen�meno, s�lo en ese instante uno puede darse el lujo de perdonarlo todo. De obviar a Garc�a y dejar para ma�ana sus continuas y empalagosas barrabasadas. De escuchar las excusas de Vel�squez Quesqu�n y decirle, ya muchacho, c�lmate, ma�ana es otro d�a. E incluso de soportar los ladridos de Mauricio Mulder con paciencia de adiestrador canino. Y todo ello no es moco de pavo. Es una magia de hermandad en la que todos somos iguales porque compartimos una misma y universal alegr�a, y as�, hasta el �ltimo de nuestros congresistas, qu� digo, autoridades todas, se funden con nosotros en un solo gran abrazo pascual.

Felizmente s�lo dura una noche.