Artes & Letras

Portada

Edgar Valcárcel Arze

Una danza fúnebre

El miércoles 10 de marzo nos dejó en silencio el maestro Edgar Valcárcel Arze, gran estudioso de la música puneña, pianista y compositor universal. Sus sonidos todavía retumban en la memoria de quienes lo escucharon ejecutar una pieza al calor de su talento. Irremplazable.

Edgar Valcárcel. Músico puneño ausente.

Hay días silenciosos en los que la extremada calma es sospechosa. Las noticias de las últimas horas no predecían el desenlace de las ocho de la noche. En un cuarto extraño sus ojos se despedían de los rostros que más amaba y sus manos extrañaban por última vez la tersura de su piano. El teléfono interrumpe con una agresividad inesperada para dar la noticia. La familia queda en silencio.

Dos años atrás el cáncer que le diagnosticaron desapareció inexplicablemente de su cuerpo. Porque los milagros existen y porque la vida lo adoraba y no podía negarle un tiempo extra. Es verdad que tenía muchos planes entonces: de amor, de música y de hombre; sin embargo no puedo decir que su vida dio un giro, porque lo recuerdo siempre intenso. Siempre enamorado de una nube serrana, pegado como un niño de teta a su familia puneña, con mirada de gato detrás de unos lentes grotescos, elegante humildad, una risa abrazadora y un elogio listo en los labios.

A sus cortos cuatro años, crecía con el amor desmedido de su madre Leonor y la voz imperativa de su padre José Antonio que marcaba impecablemente el ritmo de una obra importante, que el niño interpretaba sin error en un piano de cola. Su instinto creativo se desarrolló con la influencia de Theodoro Valcárcel (tío) y el arrullador ritmo puro y abstracto de las danzas y sonidos del lago Titicaca. A temprana edad ingresó al Conservatorio Nacional de Lima, consiguió una beca de post-grado en composición en el Hunter College de Estados Unidos y otra para el Centro Latinoamericano Torcuato Di Tella en Argentina; continuó estudios de música electrónica en la Universidad Columbia de Princeton y recibió la afamada Beca Guggenhein, en 1966 y 1968.

Una falta angustiosa del territorio bajo sus pies lo hace regresar a Perú donde tiene la posibilidad de reencontrarse musicalmente con sus raíces altiplánicas. Porque ya sea Nueva York, Buenos Aires o Lima, en todas partes despertaba acariciando Puno. Ya de regreso se encargó durante varios años del Conservatorio Nacional de Música. Vivió en Lima siempre en una condición fronteriza que lo regresaba al sur cada año, cada febrero si quisiéramos ser exactos. Lo que sucedió en medio y luego de esto fue una vida prolífica de importantes composiciones para piano, voz, orquesta, música de cámara y otras. En sus obras de vanguardia incorporó y entremezcló las formas arriesgadas y divergentes de los sonidos electrónicos a los registros musicales que esparcía el folklore de su tierra. Su música no cabe en la cabeza, sino en el corazón.

No sé decir qué obras sobresalen en la interminable lista de sus creaciones. Pero no es difícil cerrar los ojos para traer al recuerdo un concierto junto a su querida amiga y compañera musical de toda la vida, la talentosa soprano Margarita Ludeña. O el precioso cuento Zorro, Zorrito, donde los sonidos de las zampoñas se daban la mano con una orquesta sinfónica a la orden de la historia contada por un coro narrador. Y por supuesto están las obras reunidas en el merecido homenaje que le grabara el Centro Cultural de España hace dos años. Disco CD que afortunadamente hoy tenemos para no dejarlo morir en nuestra memoria.

El cáncer regresó hace poco más de un mes como un complot disonante entre las partituras de su vida. Así, como una de sus obras, el final fue áspero, dulce y apresurado. A las cinco de la tarde, hoy viernes 12 de marzo, en los Jardines de la Paz de Lima, un grupo numeroso de Ayarachis despedían en una danza fúnebre al maestro Edgar Valcarcel. Lo acompañó en su viaje el paso fuerte e incansable de los hombres y la voz desgarradora de las mujeres que no callaron hasta sentirlo partir. (Verónica Arze Riquelme)