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Un reencuentro con Germ�n

Cerca del cruce donde sigue quedando la vieja casa amarilla que vend�a leche a mis abuelos, frente a los rieles del tren, trabaja Germ�n Rond�n. Sobre el muro, a la izquierda del port�n, dos caballos de ajedrez de tama�o antinatural te dan clave de �nimo, lo mismo que una pileta de m�rmol entrando a una iglesia. Estamos visitando a un artista.

Gerova, como todos lo conocen, crea su mundo aqu�. Tiene a la mano el silencio que se lleva la voz para ondularla hasta los lejanos muros de sillar y dejarte mirando, en tu ni�ez, c�mo las mariposas de viento jalaban agua de la tierra colorada mientras tu abuelo, delante de la polvareda, estacionaba la curvil�nea International de cachetes inflados. Hay olor a alfalfa, pero tambi�n hay despu�s de treinta a�os m�s vecinos que han acomodado su fachada al capricho de la acequia, aunque todav�a se vive en ese silencio cuajado delante de la carreterita con poco tr�fico.

 

Sus esculturas te miran de todos lados, desde las mesas, los rincones donde se apoyan unas con otras, los pedestales de hierro sobre el suelo, desde sus fortuitos sitios donde han comenzado a acostumbrarse a quedarse paradas. Pegados a la pared otros polvorientos estantes de casilleros son panteones de seres que se fueron fraguando en el momento en que hac�an una pregunta, ahora eternizada. 

 

Aquellas estatuillas habitan en la penumbra, solidificadas a medio camino entre la vida y lo incierto. Las figuras son grises o tierra y son lo m�s parecido a los cuerpos reci�n sec�ndose del divino pantano, donde un dios amante de la experiencia cient�fica ha quiz�s dado contramarchas en su ego�sta b�squeda. Ahora son errantes cuando nadie los ve, e insisten dram�ticamente en perfeccionar la mueca desesperada de la vida que el perverso creador les ha condicionado.

 

Asiento, quisiera decirme Germ�n pero hablamos a la vez, no gracias. Contin�o curioseando la vida privada de este mundillo. Hablamos sobre recuerdos vectoriales que hacen corte, Arequipa no es tan grande. La se�ora Blanquita, el Monasterio de Santa Catalina, la momia Juanita, alguna evocaci�n veloz sobre la casa de Rivero. Reci�n lo conozco en la impudicia de su acto creativo, nunca antes, ni una cerveza, nada. 

 

Tocan la puerta, no es extra�o, me imagino que aun en un sitio alejado del centro de la ciudad, otros domadores de demonios lo busquen. Es el artista .Choclo. Ricketts, acaba de irse de all� (Par�s en este caso) para estar ac� y derechito a Sachaca donde La Lucila y donde, para esc�ndalo de todos, se pide un lomo saltado, eso s�, con salsa uchucuta. De vuelta a la casa, enfocamos el ojo, el lente y los barros. Los voy a destruir, dice Germ�n, me gustar�a que estuvieras presente para hacerles otras fotos.

 

S� que los artistas son raros en alg�n aspecto, pero no cre�a que tuvieran tanta prisa. Pero Germ�n me explica: no te das cuenta, esto somos nosotros. Cuando morimos nada queda, de aqu� venimos y aqu� terminamos. Esto ser� un Reencuentro. Arcilla, barro, lodo, al � nal agua sucia pasan por mi cabeza. En la sala de exposiciones del Cultural Norteamericano, al son de un r�quiem en clave de jazz, fenecer�n un d�a de abril todas estas estatuillas a las que caprichosamente se les permiti� vivir hasta el momento en que ellas se preguntaron por su existencia. Pienso, luego existo, �qui�n complic� las cosas? (Texto y Fotos: Hermann Bouroncle)