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La Quinta Rueda |
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RAFAEL BARRIONUEVO GONZÁLES |
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Los reyes del bolero Se siente extraño no haber aprendido a querer a Lucho Barrios. Es casi un pecado de leso patriotismo no tener acumulado un poco de esa música cortante y pendenciera en algún rincón de la memoria. Tal vez fue porque, cuando nací a los sonidos, la dictadura del cassete hacía tiempo había destronado a los discos. Y con los discos derrocados, el imperio de la rockola subsistía en apenas uno que otro huarique de esos en los que el derecho de admisión se los reservaba uno mismo. Así, es difícil recrear una época tan cebollera como la que, creo, vivieron aquellos que sí supieron apreciar a Lucho Barrios. Y fueron legión. Torturados por una pena de amor o cualquier cosa que se le parezca, multiplicados en su dolor por las facetas del vaso de cocada y con oceánica voluntad para tumbarse cuanta botella de alto octanaje fluyera por sus trajinadas gargantas, el nombre de Lucho Barrios se abastecía solito, levantándose como excusa y luego inspiración y luego viceversa y así, hasta que las botellas se rendían. Es increíble, entonces, que su música, pese a frecuentar esos predios metílicos, haya logrado sobrevivir sin siquiera un amago de cirrosis, privilegio que no alcanzaron boleristas cuchilleros como Iván Cruz y otros satélites menores, quienes parecen condenados a macerarse para siempre en los tugurios del bolero cantinero. Cruel condena, terrible en verdad. Total, que el bolero no se juzga por su grado alcohólico sino por su fibra emocional. Pero esa ya es otra historia. "El rey del bolero", es el título que por aclamación le han adjudicado por estos días. No sé si antes también reinaba. Yo pensé que Javier Solís cargaba esa corona. En realidad no importa mucho, en fin que para el bolero sobran reyes y puede darse el caso –se da, me consta- que cada quien tiene derecho a instaurar su propio reino bolerístico en donde hasta Lucho Gatica puede probarse la corona de vez en cuando. Cuando hay dignidad, el bolero santifica a quienes se guarecen en él. Debe ser por eso que me sigo sintiendo un poco extraño. Lucho Barrios, sí pues, tan familiar y distante como el afilacuchillos que de vez en cuando pasa por la esquina. Con su clásico "Marabú" que me sigue sonando a restaurante en donde se sirve chela de entrada, cerveza como plato de fondo y de postre, una rubia bien al polo. Es una minusvalía mía no haberlo sabido apreciar a tiempo, naturalmente. Lucho Barrios, el rey del bolero. Así será pues. Por una cuantas semanas, al menos. |
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