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Guillermo Mercado El terruño universal Guillermo Mercado Barroso es de nuestros poetas el más entrañable. En poemas tan hermosos como "Madre" o "Los ojos de los niños" alcanza esa ansiada universalidad capaz de conmover el corazón más duro. Célebre por su poemario Tremos debido a su acentuado regionalismo, Guillermo Mercado se consagró a partir de entonces como el poeta arequipeño por excelencia.
Guillermo Mercado escribió su primer poema a la edad de catorce años. Un tanto avergonzado de aquel pinito suyo, años después declararía: "No era un poema de amoríos o un poema de sublimación metafísica o sensiblería, era una crónica patética". El patetismo en los poemas de Mercado, pese a que contenta a la mayoría de críticos de su obra, que prefieren al Mercado telúrico, arequipeño hasta la médula, creador de una corriente que dio en denominarse "cholismo" o propulsor de un vanguardismo regional sazonado de espíritu revolucionario; es finalmente mezcla de sublimación metafísica y sensiblería infantil, lo que salva a Mercado de morir (literariamente) entre las páginas de cualquier compendio escolar de literatura regional y hace de él un poeta aún vivo, leído con genuino interés. Versos de una sensibilidad a flor de piel, a veces agresiva pero siempre a partir de la impotencia de quien se sabe débil, y a veces penosa por la sensación de desamparo que excede a toda circunstancia o contingencia. "De no poder llorarte, madre, / está hecho este canto"; "La muerte que te abrazó / me encontró abrazándote primero / para arrancarme de tu último resuello"; "De no poder llorarte está hecho / esto que digo"; "De no poder llorarte, madre, / me está quemando el llanto de tu hijo / dentro del alma". Estos pocos versos citados un tanto caprichosamente pertenecen a uno de los poemas más conocidos de Mercado, el titulado "Madre". Aparte de Tremos, por el que Guillermo Mercado cosechó mayor fama, otro poemario notable, de corte modernista, es Chullo de Poemas. A partir de este texto el mentado indigenismo del poeta mutó en "cholismo": "Chullo que te deshilas, corazón payaso de un / indio bailarín / corazón exprimido, nostálgico, traído en / atados a la feria del domingo. / Chullo tejido con miradas de ñustas / teñido de crepúsculos". El patetismo tan sentido de otros poemas es reemplazado por un encanto ingenuo, juguetón, atávico. Las referencias son peruanísimas; no obstante, el poema resulta más universal que cuando, por ejemplo, el poeta decide lamentar las desgracias ocurridas en Hiroshima y Nagasaki. Pese a lo penosamente trascendental de una explosión atómica, conmueve más aquel chullo que se deshila. Ejemplo de un universalismo mal entendido, como si a Kenzaburo Oé se le ocurriera escribir Los ríos profundos con el fin de lograr mayor universalidad. Cuanto más pegada la mirada al propio entorno, y Mercado da cabal prueba de ello, se es más universal. Y no existe terruño más personal que el de los propios sentimientos. En otro de sus más celebrados poemas, "Los ojos de los niños", Mercado escribe: "Los ojos de los niños no lloran / ahora duelen como heridas en el alma de los hombres. / Los ojos de los niños ya no ríen / ahora arden como llamas en el alma de los hombres. / Los ojos de los niños ya no miran / ahora clavan como culpas en el alma de los hombres." "Esos ojos que alumbraron la hora vacía, / la pena sin causa de la madre, / que rociaron dulzura en la miseria, / que otorgaron perdón para el abandono / y que agrandaron el pan pobre." Imposible mayor profundidad que la de lo simple.
Descubriendo a Mercado Recuerdo que cuando era adolescente, he olvidado las circunstancias, conocí a la hermana o a la hija de Guillermo Mercado. Si no preciso los detalles es porque entonces no presté demasiada atención, hipócrita lector de Baudelaire y de Ezra Pound, no concebía que la literatura fuera también un lugar cercano donde se pudiera llorar a gusto. La buena señora me invitó a pasar a su sala repleta de muebles. Recuerdo que me invitó una taza de té y me leyó luego con voz quebrada, entre fotografías y un retrato al óleo del poeta, tres o cuatro textos, entre ellos "Madre" y "Los ojos de los niños". Pasados unos tres cuartos de hora, aquellos versos tan tristes del poeta Mercado, leídos con tanto sentimiento por la amable señora, me incomodaron y acabaron por deprimirme. Me fui de su casa completamente avergonzado de mí mismo. La máscara del malditismo se me había hecho trizas por un par de poemas de alguien nacido tan cerca pero de quien no había oído hablar ni remotamente. Gracias a Guillermo Mercado comprendí que en la literatura también se podía ser bueno, y vulnerable, y hasta uno mismo. Y no había que leer muy lejos para saberlo. (Daniel Martínez) |