Columnista invitado

 Hermann Bouroncle


Vargas Llosa: Nostalgias del ni�o bueno

Contrariamente a la tradici�n de novelas de Vargas Llosa, en Travesuras de la ni�a mala (2006) no abundan los experimentos en el plano del tiempo a que nos tiene acostumbrados. Es m�s, la novela sigue un curso perfectamente cronol�gico. Tampoco aparecen los di�logos de cine en los que el tema subsiste en distintos escenarios, incluso dicho por distintos personajes para redondear un tema. No, esta vez Vargas Llosa nos cuenta una historia de amor desde una perspectiva �ntima o intimista* (*Dicc. de la RAE: Que expresa literariamente rasgos, emociones, situaciones, etc., de la vida �ntima o familiar). Usa la primera persona para conseguir este efecto de modo que el lector est� casi convencido de que se trata de una confesi�n autobiogr�fica. Y c�mo no vamos a querer caer en esa trampa literaria si los escenarios descritos son tan entra�ablemente reales aun para el que nunca ha estado en ellos. Como las calles de Miraflores de la Lima de los 50 donde creci� Mario alternando con el Colegio Militar, con bellas casonas de un piso y jardines cuando en este barrio no exist�a todav�a un solo edificio. O como las innumerables locaciones parisinas a las que no nos queda m�s remedio que aceptar como reales, por el gran esmero en retratarlas como debieron existir en su �poca, o dejarlas, por lo menos, para un futuro trabajo de arqueolog�a literaria.

Otro recurso que refuerza inmejorablemente la conexi�n con la novela son los datos hist�ricos y la abundancia de referencias geogr�ficas, culturales y pol�ticas no solo veros�miles sino sencillamente reales. Al leerla imagin� en primera instancia la nostalgia que conseguir�a despertar entre los partidos a Europa, parientes y amigos que pudieran compartir la perspectiva y el pellejo del protagonista en varias circunstancias. Y tambi�n entre los quedados como nosotros. O los que nunca pensamos partir y vimos al Per� llenarse de historia como una piscina que conocimos cuando estaba vac�a y luego un d�a descubrimos que la tenemos al cuello. Ello consigue que el lector se apoye en el texto con mucha confianza, como para de paso absorber la historia del Per� o sucesos mundiales de los �ltimos cuarenta a�os sin la sensaci�n de estarlos estudiando de libros empolvados.

Por otro lado pienso que es un adi�s escrito en 375 p�ginas. Es lo que lo que los contempor�neos de Mario desean leer de su pluma. Es como la plasmaci�n de la esperanza de unos amigotes donde el m�s dado a escribir hace el retrato c�mplice de toda una vida. Es una visi�n colectiva, �pica, exterior, de pretensi�n hist�rica. Es un salud por los buenos y malos tiempos. El amor trabajoso, con tantas intermitencias entre dicha y desgracia, hilo conductor de la novela, es un mero pretexto, una excusa, un recurso t�cnico para pintar en prosa de calidad no solo paisajes urbanos y sociales sino tambi�n una visi�n cr�tica de ellos. Lima, Londres, Par�s aparecen bajo los ojos del recuerdo pero sin vaguedades mas con apuntes puntuales casi documentales.

"La librer�a Minerva segu�a frente al Parque Central, aunque ya no estaba en ella, detr�s del mostrador, atendiendo a los clientes, aquella se�ora italiana de cabellos blancos, siempre tan seria, la viuda de Jos� Carlos Mari�tegui".

Metaf�ricamente tal vez esta historia de amor esforzado es el amor del escritor a su patria, una suerte de magnetismo santo y maldito que tambi�n compartimos todos los optimistas, pues es lo m�nimo que podemos hacer para comenzar a vivir. Sabemos que una bestia nos puede morder pero nada nos puede impedir amarla. Luego, vivir sin rasgu�os pr�cticamente no es vivir.

Sin duda la novela se suma a otras selectas que desentierran una �poca y reavivan la nostalgia del pasado junto con la advertencia que nada es para siempre, que la belleza y la juventud o la potencia de la creatividad tienen una curva ineludible, que hay que vivir y procurar hacerlo en el pleno sentido. No hay marcha atr�s, para bien o ─se me escarapela el cuerpo─ para mal.