Artes & Letras

Poesía

César Belán (Arequipa, 1982).- Es egresado de la facultad de Derecho de la Universidad Católica de Santa María. Ha realizado varias actividades literarias entre ellas el homenaje al poeta peruano José Watanabe. Redacta para algunos medios impresos de la ciudad y dirige el Autodefe. Este es su primer poemario.

Yo no sé mucho de dioses,

pero sé que el mar

tiene muchas voces

muchos dioses y muchas voces

 

Verdes y largas

son las voces del mar

que hablan al hombre en los intervalos

de la espuma

de la rosa y

de la sal silvestre;

 

El mar es pues, también, el borde de la tierra, el granito

a que alcanza, las playas a donde arroja

susurros de una creación anterior

e inversa;

 

A mi estas flores heladas

que en la madrugada revientan como la luna

revelaron, en gaviotas nauseabundas,

 

-aquellas que el horizonte arrojaba inermes

a las pozas donde se ofrece a nuestra curiosidad

las algas más delicadas

y la anémona de mar-

 

como la Muerte,

encogida en nuestras pérdidas,

en la red desgarrada y el remo roto por el

cangrejo de herradura,

alcanza adherida a un reseco tejido de ballena,

su motivo vegetal y su grandeza.

 

La nave quiebra el pavimento como un rompehielos, los asientos crujen crac, crac el viento sopla a babor. El colorido galeón altiplánico ataca con su batería de sonidos a los despavoridos moradores de la villa atrincherados en las aceras y cabinas telefónicas. El joven contramaestre, curtido por el agua potable, anuncia a gritos el próximo puerto mientras se cuelga del bergantín como aguardando la orden de abordaje.

 

En el navío asia motors de fabricación japonesa, primo hermano de los balleneros y los barcos factoría, pequeño como una carabela y tan rápido como una de las chalupas de Sandokán, los tripulantes contienen la respiración, sus verduzcos rostros evidencian el ataque de la malaria y ya sufren de mareos crónicos; el pestilente olor inunda la embarcación, la mercancía se ha podrido en la bodega pero el capitán permanece impasible ante el timón.

 

Barquito nipón que te hundes en el sol de medio día y detienes tu marcha frente los semáforos, acoge a este polizonte en tu grasienta cubierta y tiéndele un seguro pasamanos cuando tu rumbo se aproxime al cotidiano Maeleströn; Ruego porque la fiel taberna de tu barrio satisfaga la sed de los corsarios nacidos de la espuma del lago, y las mujerzuelas rebajen sus servicios al capitán de la camisa encebada y el jockey a la americana, para brindarle firme mando en el próximo viaje a Catay y Cipango.

 

Cuando citabas al ocaso,

de los paganos ídolos

del Tiwuanacú et ad efesios

 

dipureteando al viento por el atrio de la iglesia

en pleno domingo 19 de julio de 2009,

los primeros Ciudadanos de Pompeya

nos rodeaban sentimentales.

 

Tú – uno de ellos –

esperabas, cigarro en mano,

que extirpara, tu feliz idolatría.

 

¡Una Catedral por tus Barbas!

 

Son días buenos para la reacción

estos días,

 

donde se teoriza de

la lucha de las plumas

por librarse de las alas

 

y así cosechar los frutos

de su más libre vuelo.