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La estufa, el asado y el �rbol de navidad

Las fiestas navide�as. A armar el nacimiento, adornar el �rbol, comprar regalos, sazonar el pavo, prender las luces de bengala, brindis y abrazos y villancicos. Tema recurrente en la literatura, verdadero negocio para la industria del cine y para los ni�os la ilusi�n de que, por lo menos ese d�a, los grandes cumplan con el regalo que prometieron.

Suele decirse, por lo menos as� jura y perjura la avalancha publicitaria, que la Navidad es el d�a m�s feliz del a�o, la oportunidad perfecta para que la familia se re�na y renueven todos sus votos de amor, amistad y parentesco cuasi lejano. Durante esta �poca del a�o, se incrementa la tasa de suicidios; en relaci�n directamente proporcional a los n�meros en rojo de las cuentas bancarias, el solitario se amarra una soga al cuello, se dispara un balazo o ingiere veneno para ratas. Crec� en la casa de mi abuelo donde hab�a que celebrar la Navidad casi a escondidas, el padre de mi abuelo hab�a muerto -aplastado por una pared- uno de esos gloriosos d�as. En defensa del esp�ritu navide�o debo decir que no fue precisamente un �rbol de Navidad lo que aplast� al bisabuelo. Aunque, al parecer, algo tuvo que ver todo ese pandem�nium con el muro fat�dico, lapidario. Quiero decir que la Navidad, para m�s gente de la que uno se imagina, es de lejos el d�a m�s triste del a�o.

Dura lecci�n para un ni�o descubrir que tambi�n en Navidad la gente se muere. Aparte del bisabuelo, recuerdo a la ni�ita de los f�sforos que en su desesperaci�n por resguardarse del fr�o -en una intemperie de nieve- encend�a una cerilla tras otra. Por cada cerilla una visi�n fugaz que en algo reconfortaba el coraz�n de la descalza. A la primera una estufa, a la segunda el asado, a la tercera un bello �rbol de Navidad. Cada quien posee su lista particular de muertos navide�os. Para el obsesionado con la literatura el recuerdo de Robert Walser es ineludible. Walser, de nacionalidad suiza, es uno de los escritores del siglo XX tan poco conocido como genial. Autor de dos breves novelas de lectura obligatoria si se quiere -a pesar de uno mismo- vivir desdichado pero con una sonrisa perpetua en los labios. Walser pase� su �ltima Navidad sobre las nieves aleda�as al sanatorio en que estaba recluido. Existen fotograf�as de esas sus �ltimas huellas dejadas en la nieve. �rbol oscuro de Navidad derribado para siempre sobre infinita blancura. No es mi intenci�n fundirles las lucecitas de colores, pero para lidiar con tanta exultaci�n navide�a resulta recomendable caminar un poco sobre fr�o, y si descalzo, mejor.

Son pocas las historias -novelas o cuentos- que recuerdo sobre la Navidad. Esta fecha, hasta donde mi memoria alcanza, ha sido invariablemente utilizada como el tel�n de fondo perfecto para hacer de un relato alegre infinitamente alegre, y de uno triste absolutamente deprimente. Quienes peor se han excedido con este recurso -con mayor o menor fortuna- han sido los escritores rusos (la primera etapa de Nabokov, antes de Lolita, es por dem�s elocuente), los ingleses (decir Dickens basta y sobra) y los norteamericanos (Paul Auster o Sa�l Bellow no han escrito novela en la que, por alg�n motivo, no se mencione la Navidad). Para los ni�os es siempre motivo de jolgorio e ilusi�n por los regalos, para los adolescentes significa el inicio de las vacaciones y para los adultos es motivo de reflexi�n nost�lgica. Por lo visto, a la literatura le ha resultado bastante complicado eludir los lugares comunes relacionados a estas fiestas. Imposible no mencionar, a prop�sito de la Navidad como tel�n de fondo, a El guardi�n entre el centeno de J. D. Salinger. No recuerdo otra novela en la que estas fiestas creen la atm�sfera ideal, necesaria para que la historia funcione a cabalidad. Y no es para nada una visi�n rom�ntica: "Mientras caminaba pas� junto a dos t�os que descargaban de un cami�n un enorme �rbol de Navidad. Uno le gritaba al otro: ��Cuidado! �Que se cae el muy hijodeputa! �Ag�rralo bien!� �Vaya manera de hablar de un �rbol de Navidad! Como, a pesar de todo, ten�a gracia, solt� la carcajada. No pude hacer nada peor porque en el momento en que me ech� a re�r me entraron unas ganas horribles de vomitar."

Sin embargo, existe un cuento escrito por el alem�n Heinrich B�ll, que describe muy bien la neurosis navide�a. Lo le� hace muchos a�os y pese a media hora de mi vida perdida en Internet, no hall� el texto, ni siquiera recuerdo el t�tulo. Contaba la historia de una mujer -anciana senil- que una vez pasadas las fiestas se niega rotundamente a desarmar el nacimiento. Insiste berrinchosamente en que se deje todo tal como est�, incluido el arbolito. Los familiares -hijos y nietos- consienten en satisfacer su capricho. Llegada la noche, la mujer demanda que se cumpla con el ritual de la cena. Las primeras semanas asiste la familia en pleno. Al pasar de los meses, la situaci�n se torna insostenible. Los primeros en ser reemplazados por mu�ecos de cera son los ni�os, al pie del �rbol y en actitud expectante. Finalmente queda la anciana, sentada a la mesa, rodeada de mu�ecos de cera y un perro viejo que a duras penas mov�a la cola. (Daniel Mart�nez Lira)