
Escolares. Currícula escolar ha soslayado la literatura y acartonado su enseñanza.
Un día, cuando estaba en segundo de primaria, nuestra profesora, una señorita muy amable que vestía de negro y que pesaba seguramente más de cien kilos, nos entregó a cada alumno el primer libro de literatura que recuerdo: El principito. La lectura en aquel entonces, recuerdo, fue un acto divertido; quizá por las ilustraciones de Antoine de Saint-Exupery, o quizá simplemente —y creo que esto es lo verdadero— porque no tuvimos la conciencia de que se trataba de una obligación, sino más bien de algo netamente entretenido y placentero, una suerte de adelanto del recreo.
Mucho tiempo después, cuando cursaba sexto de primaria, apareció un loco enjuto que arrastraba algunos tics y que me hizo vivir con pasión un fragmento de El Quijote. Solo fue un capítulo, pero fue suficiente para regresar a casa y buscar más.
Ahora puedo decir que esos fueron los únicos esfuerzos que tuvieron mis profesores de colegio para hacerme amar la literatura. Lo anterior y lo siguiente fue una larga cadena de desencantos, un sendero hecho exclusivamente para aplacar cualquier intento por zafarse de ese yugo imposible que es la actividad del pedagogo.
Obviamente no me percaté de ello hasta mucho tiempo después de egresar del colegio parroquial en el cual mis padres habían decidido educarme. Lo supe cada vez que alguien me decía que la literatura le aburría; incluso hubo quien se atrevió a decirme que leer era más pesado que un problema de física o matemática. No tengo nada contra la física y la matemática, pero esas sí son labores duras, disciplinas tan acartonadas y exactas como los profesores que las inculcan.
La lectura, en cambio, es un acto libre que recrea, que abre las puertas de otros mundos y que nos invita a conocer, explorar e imaginar otras maneras de vivir e interactuar con los otros. Es un acto que además de divertir, humaniza, porque plantea un infinito de posibilidades en los cuales podemos reconocernos y a partir de ello aprender a coexistir con mayor facilidad. Pequeña cosa que al parecer la currícula colegial y sus maestros no entienden.
Recordemos. En nuestros libros de texto de literatura, luego de, por ejemplo, la lectura de un cuento de Alan Poe o un poema de Abraham Valdelomar, venía la aburrida tarea de resumir, analizar, criticar, valorizar, reconocer, hacer mapas de ideas, conceptualizar, realizar un trabajo grupal y mil barbaridades más. Cosas que no hacían —y hacen— sino aburrirnos, ponernos tensos ante un texto, no dejarnos ser libres en nuestra lectura, que a esa edad y a ese nivel, es puramente recreativa. Así se llega a odiar la literatura como Ozzy Osbourne odia la navidad.
Ya lo dijo Hugo Neyra, ex director de la Biblioteca Nacional y catedrático en Francia, la lectura no tiene por qué ser una obligación. Entonces el único verbo infinitivo que se debería utilizar es DISFRUTAR. Esa idea la comparte también Javier Arévalo, escritor y promotor del plan lector. Para él la escuela debe ser “un lugar donde los chicos vayan a jugar a descubrir el mundo, a cantar, a actuar, a experimentar, a debatir, a matarse de risa…”
Pero claro, la culpa no es exclusiva de los profesores, una gran tajada se la lleva la enseñanza en la misma universidad. Ya dije que es inútil intentar hacer que los estudiantes de primaria o secundaria hagan las actividades que luego de una lectura se plantean. Ese es un ejercicio que implica conocimientos de teorías literarias como semiótica, pragmática y hasta narratología, herramientas que sirven para analizar un texto literario, no para promover su lectura. No digo que no se pueda ni se deba, lo que digo es que el punto central es otro. Todo eso de teorías está bien para especialistas, para críticos, incluso para profesores, pero, en la medida que apunta Tzvetan Todorov, que en ningún caso el estudio de esos medios de acceso sustituya al sentido, que es el fin.
Volviendo a la universidad, una vez ingresado reafirmé que mi pasión era la literatura en cualquiera de sus formas, pero reafirmé también que no siempre hay apasionados como uno, que algunos cursos y catedráticos son la madre del cordero de la deserción del libro, la lectura y la creación. Hasta hace poco me vi obligado a realizar las tareas más inverosímiles para una carrera profesional de literatura. Todo el bagaje teórico acumulado tras sendos años de lecturas de especialidad ridiculizados en absurdos cursos de fin de carrera.
Allí reafirme una cosa más, que para amar la literatura, es decir, leer un poema de Eielson, Hughes o Pavesse o internarme en las novelas de Edmundo de los Ríos, Vila-Matas o Ian McEwan y sentir verdadera pasión, no es necesario nada, salvo la propia lectura y la entrega total. En fin, comprendí que tanto nuestras escuelas primarias secundarias e incluso la misma universidad hacen de la literatura un acto verdaderamente inútil y que no hay nada mejor como desertar (Arthur Zeballos).
Ya lo dijo Hugo Neyra, ex director de la Biblioteca Nacional y catedrático en Francia, la lectura no tiene porqué ser una obligación. El único verbo infinitivo que se debería utilizar es disfrutar”.