
Eso creía por lo menos Luis Alberto Sánchez y así se llama un libro suyo: “Garcilaso Inca de la Vega, Primer criollo”[1]. Pero uno puede revisar todo el agradable libro y no encontrar una razón para llamar “criollo” a Garcilaso Inca, salvo en el estrecho y parcial sentido de hijo de padre español nacido en América… y de madre Inca. “Criollo” significa en la imaginación social y entre los entendidos —y nadie la contesta— padre y madre españoles y además tiene una connotación racista, porque significa, así mismo, “blanco” o “blanqueado”. Los mestizos nunca han sido considerados criollos y, por eso, éstos los consideraban menos iguales. Ricardo González Vigil y Marx Hernandez recuerdan en un programa televisivo dedicado al Inca Garcilaso, que en la colonia ser mestizo tenía un sentido claramente peyorativo (no ha cambiado mucho). Un mestizo era un “chusco”, es decir, un hibrido no logrado, no cuajado , no realizado. Sin embargo Garcilaso de la Vega, el arquetipo del mestizaje hispanoamerican, se honraba en él y se lo aplicaba a sí mismo y lo pregonaba “a boca llena”, como el dice ¿Por qué llamarle “primer criollo”?
Claro que habría que entender que significaba para Luis Alberto Sánchez la palabra “criollo”, qué sentido específico le daba él. Teníamos entendido desde el colegio, por el diccionario, que “criollo” era el hijo de españoles nacido en América, el blanco no español, no el mestizo, aunque eso sea sólo con los criterios racistas de la etnia y el color de la piel cuando se les prioriza, porque en realidad todos los peruanos somos cultural o espiritualmente mestizos. Y eso es lo que determina, decide y gobierna: el espíritu o la cultura. El mestizaje es ante todo y sobre todo un problema cultural y se puede prescindir de la etnia y el color. Como dijo Uriel García, el español que vino a América y se quedo a vivir se hizo mestizo. Y con cultura me refiero a la lengua, la religión, la estructura mental, el derecho, el arte, la técnica, etc.
He llegado a delirar con la idea que Luis Alberto Sánchez no es quien ha puesto nombre a su libro. ¿Por qué “primer criollo”? Lo pregunto porque él mismo sostiene simultáneamente que Garcilaso es “el primer mestizo peruano, nuestro primer cholo, nuestro primer descielado —según Unamuno lejos del propio cielo— es también un hijo del exilio”. No sé cómo conjugaba esto don Luis Alberto con lo de “primer criollo”, tampoco queda claro y distinto en su libro. Tendría que forzar demasiado el sentido de la palabra “criollo” para que el concepto se ajuste a la vida, cuerpo, espíritu y obra del “primer mestizo peruano”, del “primer cholo”, como él mismo lo llama. No sé de alguien que se haya referido al Inca Garcilaso como un “criollo”. En todo caso, en el libro no hay nada respecto al sentido de la palabra.
El libro es de lectura agradable y revela un rico conocimiento de la historia peruana y, aunque no haga ostentación de ella, transluce la buena documentación y erudición porque no adopta la forma académica o “científica”, muchas veces tediosa, sino la literaria. No es ni siquiera un ensayo libre sino algo que funde sin confundir las verdades históricas con los recursos de la ficción, situándonos en una armoniosa ambigüedad. La historia deviene narrativa. Una narrativa asentada en la historia peruana realmente existida y en una oportuna y consistente ficción. ¿Dónde termina una y donde comienza la otra? No parece tan importante como el conjunto de la obra. Y eso mismo ocurre con Garcilaso; Su método histórico no rehuye el recurso a la literatura, a la ficción y tal vez en él se inspire LAS para hacer su libro. Como la “biografía” de Flora Tristán y Paul Gauguin en manos de Mario Vargas Llosa: las mentiras verdaderas.
Así el autor nos presenta, por ejemplo, en ese libro, al padre de Garcilaso (y a su madrastra Luisa Martel) y el ambiente juvenil en el que se crió, en un contexto integral que sólo es posible por la literatura: “El 13 de noviembre de aquel año de gracia de 1552 realizábase la ceremonia matrimonial de don Alonso de Loayza, sobrino del Arzobispo de Lima y del Cardenal de Sevilla, don García, que fuera presidente del Consejo de Indias, con doña María de Castilla, hija de Nuño Tovar, teniente de Soto y nieta del Conde de la Gomera (…) Desde lo alto de un murallón de piedra, el Inca Garcilaso atisbaba la escena. Iban y venían los criados, vestidos de mil colores. Hasta la cima del muro llegaba un rumor confuso de conversaciones y risotadas (…) Por la noche, para festejar el casorio, los padres de doña María invitaron a una cena feérica en la suntuosa casa que ocupaban. Solícitos criados hacían circular vinos generosos en garrafas de plata maciza, viandas suculentas en azafates también de plata; los pebeteros ardían esparciendo en la atmósfera perfumes raros… El capitán Garcilaso y su mujer, doña Luisa Martel, asistieron lujosamente ataviados y llevando consigo al mestizo…”
Como se puede ver, no tenía mucha vergüenza el capitán Garcilaso de la Vega de presentar en sociedad al “mestizo”, al hijo que dio nombre de Gómez Suarez de Figueroa (como su tío de alta alcurnia) y de afirmar su paternidad de hecho, aunque fuera por puras razones egoístas, sobre todo tratándose de tan tremebunda boda. Escenario imposible entre los puritanos de las colonias norte americanas, por ejemplo. Comparación que quiere resaltar la apertura para el mestizaje de los conquistadores, opuesta al prejuicioso y escrupuloso asco racial de los puritanos del norte. Garcilaso padre no fue el único que tuvo hijos en Indias. Aunque no en condiciones de igualdad, por supuesto, que vendría varios siglos después.
En medio de una serie de posibles sentidos, interpretar a Garcilaso, como se puede ver, es un problema de valores y valoraciones. En este caso LAS se pone determinista y quiere explicar toda la obra, la vida y la temática del Inca por sus afanes y angustias de reconocimiento jurídico y económico (títulos y herencia a los que se creía con derecho). Es casi la imagen de un resentido que escribe por la herida, aunque LAS no utilice el término felizmente. Sin embargo, Garcilaso es para LAS, textualmente, un “mutilado espiritual” afectado por “la soledad, la bastardía, el menosprecio del mundo paterno y la melancolía de su chafado linaje materno de imperial estirpe…”. Pero no encontramos en el libro razones para que Luis Alberto Sánchez explique la vida, la obra, el estilo y la temática del Inca Garcilaso, solamente “por la espantosa mutilación espiritual” en la hipótesis negada que hubiera habido “mutilación espiritual”. Se puede mostrar exactamente lo contrario: que no hubo ninguna “mutilación” sino más bien plenitud espiritual, cuya mejor prueba es el tono de su obra y su expresivo. No hay odio ni resentimiento alguno, sólo reconocimiento del valor de las dos razas a las que pertenecía. Garcilaso fue todo menos un rebelde. Y en cuanto a su vida, uno puede imaginarse su vida teniendo en cuenta que en Montijo tenía una caballeriza de finos caballos y por la fortuna que deja y las cantidades de dinero a diversos parientes relacionados y amigos. Su vida fue más bien holgada y no tuvo necesidad de trabajar. Es propio del genio aprovechar todas las circunstancias vitales, favorables y desfavorables para cumplir bien su destino. Y aunque los deterministas tuvieran razón y toda la obra del Inca mestizo se explicara por la neurosis sucesoria, eso también mostraría que una obra genial puede ir más allá de las tristes condiciones humanas que la gestaron y que el autor se sobrepuso olímpicamente a ellas por la salud, la limpieza, la serenidad que transmite su noble y genial escritura.
Pero basta con mostrar que Garcilaso no encaja por ningún lado con la categoría de resentido, entonces todo el determinismo se desbarata, porque no se comprendería el disimulado ninguneo de LAS : explicar toda una vida y una obra genial por las angustias o neurosis de una conflictiva herencia. Porque si Garcilaso no es un resentido ¿qué reproche queda? ¿qué cosa le achaca Luis Alberto Sánchez? ¿Sería incorrecto en algún sentido demandar reconocimiento jurídico o derechos, cuando uno cree merecerlos de buena fe? ¿No merecía Garcilaso esos derechos y ese reconocimiento? ¿Es reprochable que un ser humano reclame la herencia que cree que le corresponde, sobre todo cuando le corresponde, y que se angustie y apesadumbre por las injustas negativas del poder? ¿Culpa LAS a Garcilaso de no haber sido feliz? ¿Alguien tiene la culpa de no ser feliz?
[1] Publicado por Editorial Pachacútec, con el auspicio del Concejo Provincial de Arequipa y el Instituto “Cambio y Desarrollo”, Lima, 1993.