
Hoy me provoca abordar frivolidades. Quiero exorcizar los demonios que me tiran de los cabellos cuando recibo latigazos de mal gusto frente a personas, inmuebles y objetos que me recuerdan un dicho grosero pero ilustrativo: «todo es cuestión de gustos dijo el que comía excrementos».
Si todo es cuestión de gustos, como parece ser la premisa que rige las decisiones adoptadas por las recientes autoridades de la ciudad al momento de edificar sus más significativas obras, terminamos comprobando la veracidad del enunciado entrecomillado del primer párrafo.
Un curioso ejemplo es el edificio que alberga las oficinas de la administración municipal en la calle El Filtro (que no fue planeado ni construido por el actual alcalde). El lunes pasado una amable y muy bien intencionada ciudadana me llevó a visitar al burgomaestre, con el propósito de presentarme como Gestora Cultural. Acudí a la cita motivada por la curiosidad. La facha del alcalde, confieso mi bobería, fue uno de los argumentos para no darle mi voto en las pasadas elecciones.
Mi sentido del gusto se negaba rotundamente a marcar su símbolo. Su estilismo me pronosticaba las características de sus discutidas obras. El color negro artificial de sus cabellos, bigotes y cejas adornando un rostro casi sintético solo me transmitían carencia de armonía.
Sí, es carencia total de armonía lo que también encontré en el complejo arquitectónico municipal. Espacios saturados de escritorios, ambientes oscuros y faltos de oxígeno. Ya en el despacho edil, una sala de espera convertida en el repositorio de curiosos regalos. Un cuadro con caracteres chinos que tiene una etiqueta pegada en el extremo inferior derecho consignando su procedencia (me pregunto si no pueden fichar el patrimonio municipal en el reverso de los objetos). Un cuadro de la Virgencita de Chapi que no le hace el mínimo favor a la madre de Dios, para los católicos, y otros objetos que no logro recordar.
En el interior de la oficina del señor alcalde, un televisor, varios souvenirs dispuestos alrededor y una amplia ventana desde la que se ve un jardín sin ningún cuidado especial, una gruta como sacada de la casa de los Monster y al fondo un perfil de ciudad que dista mucho del calificativo de Blanca y Hermosa.
La conversación fue breve e intrascendente. Validé mis presunciones pre-electorales y sentí que su visión de desarrollo era como el bigote que adorna su rostro: artificial, sintética, carente de armonía y por tanto, de gusto.
Conste que advertí subjetividad al 100%.