Los nuevos arequipeños

El regreso

 

Cada vez que vuelvo a Arequipa, siento que vuelvo a una ciudad diferente, mía como siempre, pero diferente. Sin duda la población ha crecido somos ahora una ciudad distinta, variopinta, multirracial; una gran ciudad que alberga a los arequipeños de padre y madre, los migrantes establecidos en la ciudad, los hijos de los migrantes que nacieron aquí, los nuevos pobladores que encuentran en Arequipa un futuro para sus vidas. Arequipa es la gran ciudad del sur que ofrece posibilidades para vivir y crecer profesionalmente, como lo fue en su momento Lima, la gran capital a la que migraron también muchos arequipeños.

Sin embargo, algo nos diferencia de los demás, ese orgullo por nuestra ciudad, ese carácter indomable y esa pasión que le ponemos a las cosas; y claro, cada regreso es una vuelta a la semilla que no deja de llenarnos de nostalgia por aquella apacible ciudad de nuestra infancia, donde el respeto y el cariño por la tierra era un común denominador, ese gen que nos diferencia de los demás y que hoy solo parece cosa del pasado.

Los nuevos arequipeños están tan orgullosos de haber nacido aquí como cualquiera de nosotros, solo que a ellos no les interesa el pasado, ni la historia, ni los orígenes de esta singular ciudad mesocrática que nos hizo tan diferentes a los demás; para ellos basta haber nacido bajo el Misti para sentirse arequipeños. Por esa razón, no les interesa tirar un papel al piso, ni que se tiren abajo una vieja casona, o que el alcalde destruya el patrimonio si a cambio le darán un lugar “moderno” que les permita sentirse ciudadanos del mundo.

Y este quiebre empezó a incubarse cuando por primera vez en la historia de Arequipa, un ciudadano nacido en otro departamento se convirtió en alcalde, es allí cuando la ciudad empezó su transformación y un nuevo perfil empezó a formarse con ese estilo informal y práctico de Luis Cáceres Velásquez que hizo de la ciudad un lugar común, en el más extenso sentido de la palabra. Esa “mano dura” para sacar a los ambulantes del centro de la ciudad para formalizarlos, vendiéndoles tiendecitas en otros lugares, tugurizando el Mercado San Camilo o la Avenida Tacna y Arica, se convirtió en el sello característico de su estilo de trabajo, mientras los arequipeños veíamos cómo se tiraban abajo viejas casonas coronadas por antiguas bóvedas para dar paso a esa “modernidad” mal entendida y convirtiendo esos lugares en mercadillos que dejaban pingües ganancias a los administradores de la ciudad.

Desde entonces poco o nada hemos hecho por rescatar el pasado y el patrimonio histórico y cultural de nuestra ciudad; creímos equivocadamente que al ser declarados Patrimonio Cultural de la Ciudad por la Unesco, era suficiente para parar la destrucción y rescatar nuestra identidad; pero fue inútil.

Hoy estamos frente a la encrucijada de seguir siendo la Arequipa rebelde y contestataria, dueña de un pasado histórico y cultural único o terminar de convertirnos en una ciudad más repleta de cemento y sin identidad. Eso solo dependerá de todos, jóvenes y viejos, arequipeños y migrantes que vivimos aquí, que tomemos conciencia de nuestros orígenes y de lo que debemos ser para mantener vivo el gen del arequipeñismo, defendiendo nuestro pasado para tener un presente diferente.

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PD: Ante la propuesta que hice en mi columna de la semana pasada, en la que le planteo al alcalde Alfredo Zegarra que destine un lugar en Tingo para mostrar lo que fue ese balneario antes de su obra, el Gerente de Desarrollo Urbano, Carlos Moya dijo que no se haría eso, que “para eso están los museos”. Bueno, con respuestas de ese tipo, solo se demuestra el estilo de trabajo que tiene esta gestión.