Carrera y parada

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Como era previsible, el renovado y modernísimo Balneario de Tingo ha debido ser cerrado para terminar de implementarlo, luego de una pomposa y-más bien- estridente inauguración.

El agua no llega a la piscina, por lo que hay que instalar bombas, también escaleras o gradas en la piscina de niños, agua corriente y energía en los puestos de comidas y sistemas de ventilación en todo el ambiente. Nada de esto había sido previsto o, en el mejor de los casos, no pudo ser culminado, en medio de la prisa y frenesí inaugurativo del alcalde Zegarra.

Pero hay dos gestos que retratan, particularmente, la enajenación de la que es víctima el burgomaestre. Una mezcla de neurosis con paranoia, por la que el mundo aparece claramente dividido en dos: sus aduladores y sus enemigos acérrimos, que lo quieren destruir. A los primeros solo ordena afiebradas puestas en escena, como la representación a la que un pobre niño de 11 años fue obligado, dando emocionadas gracias al alcalde, quien en un arranque de ternura atraviesa medio balneario en carrera “slowmotion” para abrazarlo. Lo malo para él, fue que el inocente niño abandonó el escenario antes del efusivo abrazo y tuvo que ser regresado a toda prisa por su avergonzada madre para el encuentro con el alcalde, previsto como la cúspide del emotivo acto de inauguración.

El otro síntoma de su pérdida de sentido común, es haber exigido al Ministerio de Cultura, en esa misma ceremonia,que se disculpe con Arequipa, supuestamente por haber tratado de impedir una obra con la que “todos” los arequipeños estaban de acuerdo, que apreciaban y comenzarían a disfrutar desde ese mismo instante. Ahora él debería disculparse: primero con el Ministerio de Cultura, por sus desafortunadas frases; y principalmente con los arequipeños, incluso con los que llevados a esa inauguración con quien sabe qué promesas, no paraban de vitorear al alcalde aunque luego comprobarías que la obra no era –ni de lejos- lo que se les pintaba.

Ahora hay sillas de plástico, bajo unas cúpulas también de plástico que concentran los rayos solares y bajo cuyo sopor la gente debe comer como si estuviera en un “patio de comidas de fastfood”. Además, la entrada ya no es libre y gratuita como lo era antes y, una vez dentro, hay que lidiar por unos cuantos centímetros cuadrados para bañarse, para vestirse o desvestirse, para quedarse de pie, o para comer.

¿Es este el concepto que tiene el acalde de quienes vivimos en Arequipa?