«Los poetas demasiado seguros de lo que es la poesía no son nunca buenos poetas». Estas palabras de Jorge Eduardo Eielson presentan y revelan mejor la sustancia poética de la que está hecho el libro de Quenaya.
Carlos Quenaya (Arequipa, 1984), es una de las pocas voces que retratan la poesía de una manera simple y no tan simple. Su escritura está cargada de escepticismo, luminosidad e ironía con la poesía.
Así, Los discutibles cuadernos (Paracaídas y Tribal Editores, 2012) refieren a un conjunto de poemas divididos en dos partes: En Cuaderno músico; la transparencia, desnudez o patencia del poema Luz elemental, se esbozan en el verso:
«El sonido del poema viajando en el agua iluminada
El sonido de la lengua
Viajando en el poema elemental».
En El vapor de los metales, su prosa reflexiva seduce lo simple y responde con ironía la escritura del yo poético: «El brillo de lo inútil te deslumbra. Es trivial toda circunstancia: escribir centenares de libros, publicar un verso, pulir lo inexplicable»/ «Oye el nombre ya vacío», y es aquí donde se hace trascendente.
Sin embargo es el poema El ojo táctil, el que atiende la filosofía del poeta «Es la fábula del ojo no mirar, no admirar, no soñar con el ojo. Es la fábula del ojo las orejas, la narrativa del tiempo»…/ «Es la fábula del ojo: si la olvidas, duele; si la obligas, duerme». La poesía requiere de observación, -que no necesariamente se limita al uso del órgano visual- sino que conlleva una sensibilidad corporal y de pensamiento. Es decir, Quenaya sabe que a través de la distancia, de ese “yo” lejano pero no indiferente a la realidad, construye y deconstruye un panorama lúcido con su propia historia y la música.
Cuaderno mínimo, advierte la presencia de una musa, de la sorpresa, la fugacidad del tiempo, la existencia humana y de la música. En los cuatro últimos poemas: Discurso, Si pudiera escribir y bailar, Cuaderno deshabitado y Papeles imaginados; el lenguaje se hace más veraz, pero también se contradice y asi se crea un juego en el que poema es un lugar para hablar, un cuaderno indiscutible y la palabra, el mejor pasajero con el que uno pueda viajar:
«Imagina a un hombre escribiendo una carta, imagínalo escribir palabras de un idioma que no conoce, de una lengua inventada todavía. Y sin embargo, la carta existe, el hombre existe, las palabras fluyen sobre el papel como si la carta ya estuviera escrita mañana».
Sin duda, coincido con las palabras que inicialmente dijera Eielson acerca de los poetas y la poesía, pues Quenaya armoniza este breve diálogo con la vida a través de la música y su enajenidad. Por ende lo constituyen en el camino mismo de la palabra. (Por Giuliana Catari)
