A propósito de revocatorias y gestiones municipales, es interesante analizar qué pasa cuando los ciudadanos elegimos a un alcalde sin tener la plena convicción de que estamos eligiendo a la persona adecuada para dirigir los destinos de nuestra ciudad y resulta que la autoridad elegida es un politicastro de medio pelo sin ideas y sin la visión necesaria para administrar la gestión; y lo que es peor, sin un equipo de especialistas que piense la ciudad y sepa qué hacer con ella.
En la última década hemos tenido alcaldes sin ideas y sin equipos, aves de paso que de una u otra manera intentaron hacer algo por la ciudad y terminaron haciendo cualquier cosa sin pena ni gloria; hasta que llegamos a la actual autoridad que vino precedido de un cartel interesante hecho en un distrito y quizá por eso se esperaba algo distinto, sin embargo va a la mitad de la gestión y se ha mostrado como un político inmaduro y un peor administrador, al que le ha quedado grande el cargo y que lo ha llevado a cometer gruesos e irremediables errores en la gestión.
Una ciudad no necesita personajes salidos de nuestra mediocre fábula política, sino un gerente que administre la ciudad, porque de lo que se trata es de hacer una buena gestión con visión de futuro, elegir una suerte de jefe de familia que sepa tener ordenada la casa con un equipo de profesionales eficientes y no los consabidos compadrazgos donde se reparten los cargos para pagar favores de campaña. Pero claro, ese es el ideal, algo que puede llegar a ser una utopía en un país como el nuestro en que los procesos electorales son para esos personajes mediocres que lo único que buscan es una cuota de poder y en algunos casos hacer negocios turbios bajo la mesa para hacerse de unos cuantos miles de soles y asegurar su futuro; por eso se acuñó la famosa frase “roba, pero hace obra”.
Hace unas semanas alguien soltó una pregunta escalofriante en el Facebook: “¿Y si formamos un partido político?”… y la verdad que de sólo leerla uno siente como si la pregunta fuera: ¿Y si nos tiramos a una piscina llena de basura? Pero la razón de esta pregunta es que en efecto hay un puñado de ciudadanos que siente la necesidad de participar en la vida política de la ciudad, ante la incapacidad de las autoridades elegidas y por lograr el último intento por salvar la historia y el prestigio de Arequipa; pero la pregunta es: ¿vale la pena pagar un precio tan alto como para dejar todo de lado e involucrarse en la vida pública de la ciudad y terminar como palo de gallinero?
Pero la realidad es dura y lo que uno quiere no siempre es lo que quiere la mayoría; y la mayoría de los arequipeños no quiere autoridades honestas y eficientes, no le interesa el pasado de la ciudad, ni conservar su patrimonio, solo acudir a un proceso electoral, cumplir con la obligación ciudadana para no pagar la multa y no pensar a quién se elegirá. Así las cosas, el futuro se presenta más negro que el bigote del actual alcalde. Total, la vida continúa.
