¡Métele un derechazo al poeta!

Menú Chino


imagen

Este breve texto no busca reivindicar a ningún poeta local ni tampoco pretende generar alguna disputa. Solo trata de recoger el suceso y la anécdota del acto de exprimir un hígado contra el superfluo – y algo  azucarado– ego de algunos –o muchos– poetas.

El 26 de marzo, mi amigo –creo que soy su amigo, sino resulto sobrando en esta carambola– el artista visual Milko Torres escribió, a mi parecer, un duro mensaje en el muro de su cuenta de Facebook “sobre los posetas: poetas+poseros de origen o residencia arequipeña”. Independientemente de colocar lo que le venga en gana, Milko  Torres se vistió de Broncano y encajó un derechazo al plexo del ego poético local, dejándolo notablemente herido. Torres los rebaja a un patético nivel circense, los califica, sin derecho a objeciones, de hipócritas, hipsters, frívolos, cortesanos, envidiosos y abiertamente traidores. “Lo peor de todo es que muchas de las cosas buenas que hacen se van por el inodoro cuando surgen sus poses cojudas o sus ansias por figurar, no soporto su infantil y superficial forma de ser, están llenos de vicios y desviaciones adquiridas solo por su afán de sentirse raros o especiales, poseen una personalidad colectiva que es frívola, cortesana y excesivamente extrovertida. El ego, la envidia y las ansias de figuración dominan su existencia”, anota. En un párrafo asume las consecuencias de lo escrito “porque son mis amigos”.

Después del mensaje, vino un tsunami de comentarios, quejas, insultos, reivindicaciones, poemas y hasta documentales sobre el muro de Milko Torres para defenderse y reponer –mínimamente– el ego de estos muchachos. “Hagamos crítica literaria, no hígado, reclamaban.

Milko Torres tiene razón, y a la vez –aunque resulte enredado–, no la tiene. Posee lógica su ácido parecer porque los poetas locales –hoy rebautizados como posetas– han hecho de su vida un carnaval público –que por ser su vida es totalmente comprensible, porque, a fin de cuentas, cada quién hace de su vida un carnaval así resulte público–. Sin embargo, reclamar sobre ellos es tan insulso como ocioso. Siempre existió una casta y herencia tremendamente posera desde Percy Gibson –ataviado de sus Aquelarres–, Alberto Hidalgo –escapando de múltiples chongos literarios, la generación Ómnibus –al que se le vació los frenos–, hasta los últimos recitales realizados en puentes peatonales obstruyendo el paso, dizque en pro de la poesía. Salir a insultarlos –aunque quijotesco– es posero y defenderlos, por demás, absurdo.

Algunos poetas confían en una supuesta locura y se entregan a los fármacos que los reponen de presuntos cuadros esquizoides. Dicen tener depresión cuando enfrentan un verdadero problema del verbo frente al verso o desarrollan batallas absurdas entre ellos –casi épicas, con niveles cinematográficos– si el poema de alguien no le gustó a otro. Los poetas no son seres convencionales. Tienen más ego que un concursante de programa televisivo de competencia de horario de 6 de la tarde. Son seres abiertamente especiales –e idiotas, a la vez–. Algunos son niños que juegan a ser intelectuales valiosos o viceversa, y emulan a los fenicios cuando intercambian una novia por seis cervezas.

En tanto, si Gustavo Flaubert define a la poesía –en Diccionario de los Lugares Comunes– como un arte “completamente inútil: está pasada de moda”, Milko Torres sabe que los posetas son carne de cañón –como muchos otros artistas – de la realización y ejecución de algunos proyectos culturales interesantes de la ciudad como el Festival de Arte Contemporáneo Construye, el Festival de Poesía Ariquepay o las múltiples ferias de libros y un largo etcétera –por valgan injurias los etcéteras siempre deben ser largos cuando se tratan de poetas–. Esto convierte a la poesía y muchas otras artes en cosas completamente útiles, a veces.

Incluso leyéndose las manos entre gitanos, hay quienes comentan que, en varios cónclaves de alcohol y demás vicios al pie del río Urubamba, en una pequeña finca, Rodolfo Hinostroza y otros dinosaurios del verso nacional reconocen a jóvenes arequipeños como promesas importantes –mismas promesas del futbol peruano– para mantener esa vigencia de la poesía peruana, tremendamente goleadora en el siglo XX. Todo eso acompañado de un ego colosal.

Milko Torres me comentaba que resultaría pelotudo defenderlos y si deseábamos hacerlo deberíamos escribir un poemario –porque, según él, muchos nos parecemos a ellos y porque no hay nada más posero que escribir poesía. Tanto como criticarla–. Bravatas aparte, parece que hay una comunidad acostumbrada al derechazo.

Así como hay poetas que parecen a un par de sirios metiéndose tiros por sus versos, Milko Torres parece el Hugo Chávez del circuito artístico local insultándolos, y hasta el Kim Jong-un empeñado en desaparecerlos. El derechazo por acá no tarda en llegar.