Como un barco a la deriva. Es así como veo a mi ciudad tras una breve estancia por otros lares; estancia que, como otras anteriores, no me permite mirar a Arequipa con los mismos ojos de siempre. Ya me ocurrió antes, cada vez que emprendía el ansiado regreso a la tierra que me vio nacer. Shock cultural le dicen unos, mientras otros señalan una imperiosa cuota de reajuste emocional para volver a adaptarse al ritmo y usanza de la vida local. Particularmente prefiero referirme a aquello que nos pasa cuando regresamos impregnados de imágenes de muchos lugares que, teniendo o no, mucho que exponer, muestran con envidiable orgullo el resultado de una buena mano tras el timón del barco.
Pero si en Arequipa podemos hacer algo similar e incluso mucho mejor, me digo. Solo sería cuestión de poner esto aquí y esto allá, pienso. Solo sería cuestión de que cada quien haga los que tiene que hacer y no haga lo que no tiene que hacer. Solo es materia de sentido común colectivo y de una buena dosis de empatía para hacer realidad esa visión compartida de futuro. Pero no. Arequipa sigue siendo un misterioso conglomerado de edificios ocultados por letreros de todo calibre, calles agujereadas y mal señalizadas y dirigencias oscuras y mediocres que la han convertido en una suerte de barco a la deriva; sin un capitán que ponga orden, sin grumetes que respeten y cumplan las órdenes y lo peor aún, sin saber a dónde ir o hacia qué puerto enrumbar. Tan solo observar cómo se pretende “planificar” la hoja de ruta de su desarrollo, es para quedarse pasmado por la frialdad y estrechez de pensamiento de los magros dirigentes, desde aquellos que lucen banda municipal, hasta los otros al mando de huestes invasoras; quienes (oh, triste realidad) tienen en sus manos (y en sus bolsillos) el destino de la ciudad.
Regreso a mi tierra querida, como cualquiera que regrese a su pueblo natal, con ojos muy curiosos y con el espíritu lleno de buenas vibras, buscando encontrar donde poner el hombro para hacer de Arequipa un mejor lugar. No hay semáforo ni policía de tránsito a la vista y es cuando detengo mi vehículo al detectar peatones intentando cruzar la intersección, tal como ocurre allende; sin embargo, un diminuto taxi amarillo pasa raudo por mi derecha y el otro que viene por detrás deja salir un extraño ruido entre bocina y tarjeta musical de navidad. Más allá, dos policías de tránsito (“femeninas”, que les dicen sus colegas masculinos de la PNP), en muy amena conversación, no se dan por aludidas ni mucho menos que la sociedad espera verlas en actividad oficial y no en actividad social. Hago memoria y caigo en la cuenta que durante el periplo en ultramar no logre divisar ni un solo policía dirigiendo en tránsito y que son contadas aquellas intersecciones en las que existe un semáforo. Recordé que eran ciudades más chicas que Arequipa, pero con más vehículos de los que por aquí discurren y no encontré uniformadas tocando pito como locas y moviendo las manos en una extraña mezcla de movimientos que nunca se sabe si están espantando moscas o si están sufriendo un súbito bochorno. Nada que ver, en todo caso, con las agraciadas y cuasi “mecanizadas” uniformadas que se ven en Pyongyang. Véanlas, compárenlas y sabrán a que me refiero.
Regreso de estar en una de las ciudades norteamericanas que ostenta uno de los mejores niveles de calidad de vida y de calidad ambiental y, efectivamente, el aire es respirable; sin esa mezcla de hollín y polvo que caracteriza al “moderno y progresista” cielo azul arequipeño. Increíblemente, puedo beber agua potable directamente del caño, sin necesidad de hervirla, como aquí y (oh, maravilla!) no es necesario echar llave a la puerta de casa al salir. Basta con cerrarla y punto, porque en dicha ciudad, y seguramente casi como en Peru, Nebraska, la policía anda muy aburrida y sin mucho que hacer (a eso llamo ejemplo de seguridad ciudadana).
Burlington tiene algo en común con Arequipa y es que, salvando las distancias culturales y geográficas, y en justo mérito a su singular patrimonio arquitectónico, es una ciudad que ha decidido, colectivamente, conservar su imagen urbana estacionada en el siglo IX. Esto significa que todas las edificaciones públicas y privadas deben mantener una relación de armonía con las tradiciones y cánones arquitectónicos del siglo IX; por lo que, encontrar un edificio de cristal y acero que se yergue en las alturas, es algo prácticamente imposible. No por ello, Burlington es una ciudad atrasada y anti-modernista. Todo lo contrario. Su principal calle peatonal es un hervidero de peatones que encuentran comodidades para sentarse a observar lujosas vitrinas o para comer algo al aire libre, al más elegante estilo europeo. Se nota una vida urbana plena, sana, segura y limpia. Vuelvo a mi paseo peatonal Mercaderes y no puedo menos que menear mi cabeza de derecha a izquierda. Esos macetones horribles lucirían mejor si se los vistiera con cajas de madera que oculten su incapacidad de negociar el desnivel del pavimento, además de reemplazar los arbustos por plantas verdaderamente ornamentales y con algo de penumbra artificial para atenuar el inclemente sol. Allá, nadie se rasga las vestiduras para incorporar modernidad en espacios monumentales. La diferencia está, obviamente, en el buen gusto y alta sensibilidad del diseñador. Solo hay que ver la finura en los detalles más simples para corroborarlo, mientras que aquí (oh, triste realidad), seguimos sin rampas peatonales en la Plaza de Armas, pues eso es pecado capital y va contra la ley y porque aquí (en nuestra triste realidad y a bordo de este barco a la deriva) las personas no valen más que un pedazo de piedra ni valen más que un pedazo de metal con ruedas.
Vuelvo a pasear por las polvorientas calles de mi ciudad y termino atrapado en inexplicables embotellamientos, sorteando un angosto pasaje dejado por la erosión de la lloclla y sin ninguna señal de peligro o nada que lo advierta, (oh, triste realidad). Paseo por su principal vía de ingreso y vuelvo a sentir un horrible shock al compararla con lo por allende visto. Sufro y me pregunto un estúpido porque, aun cuando bien sé por qué ocurre lo que ocurre y veo lo que veo. Bienvenido a mi triste realidad, me digo una vez más. Bienvenido a bordo, aun cuando no hay capitán a la vista. El barco flota a la deriva y el vaivén de las olas es, para el caso de Arequipa, lo que Cerro Verde quiera o lo que el Cono Norte quiera. Oh, triste realidad, la realidad de un barco a la deriva llamado Arequipa.
