Vergüenza nacional

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Otra vez acorralados por el repudio público, retroceden tras el intento fallido, pero el daño ya está hecho. Como una profecía auto cumplida, la clase política peruana se ha infringido el pasado 17 un golpe letal a su ya moribunda “imagen”. Dado que el Ejecutivo dio la luz verde, aunque haya tratado de quitar cuerpo después, Ollanta Humala y Nadine Heredia son percibidos hoy como parte del montón de impresentables que pueblan el Congreso, casi sin excepciones (dejaron de serlo Tait que pese al show no renunció al toledismo y Beingolea que perdió la oportunidad más importante de su vida para callar).

Fieles a la ambición que nubla su ya escasa inteligencia, no previeron que la decisión de imponer la “repartija” a sangre y fuego, significaría un punto de quiebre en la ya debilitada relación con sus electores, al punto que, después del papelón de tener que dar marcha atrás, el Congreso ha perdido la poca legitimidad que le quedaba y el presidente Humala verá pronunciada la caída de su popularidad que ya se inició de manera inexorable. Simplemente, sobrepasaron el punto de retorno.

Más allá de que la indignación sí es legítima, ésta no es la situación ideal para un país que apenas gatea sobre el ideal democrático y cuyo aparente progreso refleja hoy su verdadero pedestal de barro. El subdesarrollo, dejándonos de eufemismos, sigue presente en las mentes de una ciudadanía tan indiferente como ésta que reelige, una y otra vez, a los mismos faltosos de la decencia; tanto como en las conciencias de su clase política, cada vez más envilecida e inconsciente de estar socavando los cimientos de la institucionalidad. La verdad, hemos avanzado poco o nada como sociedad.

Hay que caer en cuenta que esta laya de congresistas es un verdadero peligro que pone en riesgo el Estado. Su desvergüenza es sediciosa. Otra vez desoyeron olímpicamente la calle, como para desquitarse del paso atrás que la ciudadanía los obligó a dar cuando pretendían duplicar sus gastos de “representación”. Pero, esta vez, sobrepasar la línea les ha salido muy caro.

La repartija empujó a la gente a las calles, por primera vez en lo que va del gobierno, y cuando aún no cumple dos años de gestión. El consenso que se ha generado incluye a todos, desde la izquierda recalcitrante hasta la llamada DBA, pasando por los tibios y los caviares. La prensa, en general, ha encontrado en este hecho una oportunidad para legitimarse y la curva de aprobación presidencial está tomando una forma convexa. Es muy tarde para rectificaciones.

Así quedó probado que el Perú es aún el país más diverso del mundo, también en cuanto a fauna política. Y así es como los otorongos se reinventaron como lagartijas, siempre fieles a las repartijas (la calle dixit), aunque luego tuvieron que recular. Una auténtica “wachiturrada”.