Si respira con fuerza, un viejo hedor a piel curtida aún te sorprende entre los escombros de lo que fue la fábrica de Pedro P. Díaz. Aunque ahora ya no queda más que cascajo y fierros retorcidos, el aroma habla del gigante de la producción de cuero que alguna vez se asentó entre dos calles.
Pronto ese aroma se habrá desvanecido y ya no dirá nada de los años dorados de la industria arequipeña, de ese periodo en el siglo pasado de las “fábricas América”. Infraestructura que hace dos meses empezó a ser demolida para dar paso a una nueva historia.
Hace 90 años, mucho antes que la abandonaran y se convirtiera en refugio de malvivientes y ladronzuelos, ese terreno que da cara al río Chili, enmarcado entre las calles San Agustín y Moral, fue el espacio en el que creció la industria arequipeña del cuero…
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