Es casi un símbolo de los artistas nacidos bajo el volcán. La acuarela y su universo de sutilezas y matices se ha vuelto parte de la plástica arequipeña y esa relación se ha convertido en una verdad absoluta. La realidad nos confirma que, en efecto, hay una incidencia notable y reiterativa en la maestría de nuestros artistas para convivir con las proporciones exactas de agua y color.
No sólo está allí la muestra palpable del manejo de esta difícil técnica, con los innumerables premios de acuarela otorgados a los pintores nacidos en la Ciudad Blanca como una tradición inalterable; sino que al sumergirme en la historia de la pintura arequipeña descubro un desarrollo del género de manera sostenida y hasta cíclica.
Ha sido muy satisfactorio comprobar que en la línea del tiempo se han marcado hitos importantes de acuarelistas que han determinado etapas en el manejo de la técnica, ya sea por la búsqueda de aportes o simplemente por su genialidad.
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