A la pregunta por el género de Hudson el redentor (La travesía editora y Animal de invierno, 2013) se puede responder de dos formas. Primero, “Hudson el redentor” es un libro que contiene ocho cuentos largos; o, “Hudson el redentor” es una novela breve compuesta por ocho relatos. Los críticos de inclinaciones pedagógicas a quienes no les gusta este tipo de ambivalencias, tendrán que soplársela, porque el libro funciona para ambos casos. De la prosa de este libro se podría muy bien decir aquel primer verso del poema underwood de Martín Adán: “prosa dura y magnífica de las calles de la ciudad sin inquietudes estéticas”. Mejor aún si afinamos, para este caso, la última proposición “sin inquietudes estéticas” por “sin inquietudes preciosistas”. Porque ciertamente hay una inquietud estilística desde el planteamiento de un texto fronterizo entre géneros hasta ese gran efecto de retrato del habla callejera de sus personajes, acompañados por un narrador lo más lacónico posible. Esto es lo que considero uno de los logros más sobresalientes del libro, el lenguaje.
El lenguaje de los personajes está, por supuesto, marcado por el lugar, la zona, el territorio desde donde hablan. Al ser leído el libro en el extranjero se dirá que se trata del habla popular urbana de los peruanos. Y los peruanos ciertamente nos reconoceremos en el habla de estos personajes. Pero dado que tenemos el oído un poco más afinado para las particularidades de algunos giros, diremos que se trata, por mínimos detalles, del habla popular de los limeños. Y si atendemos a algunos referentes podremos reconocerla como un habla popular limeña de los años noventa que, por finísimos modismos, ya no es la misma de hoy. Porque como decía un amigo mío futbolero y lingüista, “la jeringa evoluciona más rápido que el lenguaje estándar”. Pero este lenguaje, que por extensión puede representar el habla popular de los todos peruanos de manera metonímica, poniendo la parte por el todo, está simbolizado por Magdalena del mar, el tradicional distrito limeño.
Cada relato es la historia y a veces la voz de un personaje que introduce, de forma paralela, un punto de vista, una mirada indirecta, casi de reojo a este universo salvaje y familiar, grotesco y amable, mundano y entrañable constituido por Magdalena del mar. De tal manera que en las historias todos tiene ocasión de ser personaje pero a través de sus puntos de vista hacen, labran, otro personaje: el barrio. Creo que Magdalena del mar, junto a Hudson son los personajes emblema de este libro. Que, por otro lado, hacen una buena pareja. Hudson, el escritor fracasado que se la pasa hablando en los bares de su novela que nunca escribe y Magdalena del mar, en cuyo nombre de tres palabras guarda tanta poesía, alberga a una juventud paradójicamente malograda, parece una diosa en decadencia. Estos son relatos en los que importa mucho la construcción del personaje porque de ellos se desprenden el tema fundamental: el fracaso.
Se debe tener presente que en la primera edición “Hudson el redentor” lleva como subtítulo “y otros relatos edificantes sobre el fracaso”. Expresión muy irónica por cierto pero que anticipa el tema. Al suprimirse este, en la edición actual, la capacidad de sugerencia se hace mayor, evidentemente. Hay otros dos temas que discurren de manera paralela y secundaria en cada relato. Estos son el fútbol y la corrupción. Siendo este un libro sobre el fracaso el fútbol peruano no podía estar excluido, es un convocado infaltable, digamos. Así, La peste y el fútbol narra dos historias que hacia el final se entrecruzan. Estas historias a su vez están acompañadas por una narración de un partido de fútbol (la “U” vs. Cristal). De un lado, unos delincuentes que van hacer un atraco esperan en un auto escuchando el partido. Los que son esperados: Venero, un periodista de prensa amarilla que se ha hecho rico poniendo su periódico “La yuca” al servicio de la corrupción fujimontesinista, y su hijo viajan escuchando también el partido. Los delincuentes que eran contratados por la misma corrupción para liquidar pruebas, se traicionan a sí mismos. El hijo de Venero que ha participado en marchas y protestas en contra de la corrupción, le reprocha constantemente a su padre, pero también se siente parte de ella porque su educación y buena situación económica dependió de esto. En cierta parte el narrador del partido de fútbol cuyo arbitraje parece comprado, saluda de manera irónica al ex presidente Fujimori que ha fugado a Japón. Es un momento en que, descubierta la corrupción, esta parece haber alcanzado todos los estratos y todos los niveles como una peste. La presencia del fútbol se explica porque aparece como un espectro, un último reducto, donde un pueblo desencantado, busca en el juego, de manera inconsciente, una esperanza de triunfo en algo.
Como ya dije, lo más valioso de estos relatos no se halla en las historias sino en la construcción de los personajes y el manejo del lenguaje, porque esto hace que las historias sean más crudas, hondas, en suma, más “verdaderas”. Una temprana muestra del talento de Diego Trelles Paz que este año, dicho talento, se ha refrendado con la aparición de su novela “Bioy” entre las finalistas del Premio Rómulo Gallegos.