Perdiendo altura

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perdiendo altura

El querido — y prematuramente marchado— Rafael Barrionuevo solía   escribir de vez en cuando unos excelentes artículos sobre nada. Empezaba anunciando la ausencia de un principio; con su prosa estilosa amañaba un nudo en la mitad, y luego lo deshacía, con una soltura tan fresca y tan ausente de contenido, tal como había empezado. Rafael escribía de oficio, porque tocaba tal o cual día hacerlo y no cabía escapatoria. Pero de aquellas veces que escribió sobre nada, nadie pudo enrostrarle que el texto estuviese mal escrito o que desconociese el tema. Él había superado al maestro Umbral que decía: “Un artículo, una idea”. Rafo arrancaba con un no tengo ni idea… y esa era la idea.

Como se extraña ahora  esa prosa honrada y honesta del hombre que ignora,  sin inducir a los demás en su ignorancia. Y que, —por el contrario—, suscita respeto porque hasta para decir nada, hay que saber cómo decirlo. Por eso más vale confiar en quienes tienen carencias en el intelecto; pues sólo donde hay espacios vacíos, puede el conocimiento fluir y discurrir libremente.  Pues no es del todo cierto que el saber no ocupe lugar. Claro que sí,  lo ocupa y mucho. Visto está que en el Perú, por varios lustros han abundado aquellos que han sabido tanto que ninguna otra verdad pudo hallar cobijo donde había carencia de humildad intelectual.

Hace ya un cuarto de siglo que el Perú carece de vacíos del conocimiento y sí sabe qué es y adónde va. Lo sabe desde cuando el país empezó a producir música celestial para el francés  Michel Camdessus, (del club de galácticos del FMI, donde el sueldo mínimo es sólo un cuarto de millón de dólares anuales), bajo la batuta de aquel gran director de orquesta, tan versátil que tan pronto conducía sinfonías de armonía muy compleja, como que en otras era capaz de arrojar a un lado la batuta, y en su lugar coger una yuca, y deleitar al personal con el cimbreante ritmo del baile del ¡Chino, Chino, Chino!

El Perú es un país que hace 25 años sabe que no duda, que para evitarse dilemas tiene una hoja de ruta. Una vez, la Poblada de todos los rincones del Perú se fue a Lima en la Marcha de los Cuatro Suyos para hacer el nuevo mapa social del país y —no se sabe cómo— cada cual regresó de vuelta a su rincón,  sin mapa, sin cambios, pero con la famosa hoja de ruta y  mucha carpintería; digo especialmente, mesas: de la pobreza; del acuerdo nacional, del diálogo; del traguito; del cómo es pe’; y de cómo es la mía, pe’.

Un país completo, donde para ser presidente hay que tomar emoliente en la calle y disfrazarse de peruano de aquí y de allá; digo, tanto de chuncho como de rondero; ponerse sombrero de ala ancha a lo chalán de José Antonio, o enfundarse un chullo como campesino de la puna; y si hace falta enganchar el voto juvenil, montarse en las tablas del proscenio,  para con cuerpo de elefante, y movimientos gelatinosos, bailar un ardoroso y juvenil perreo.

El Perú es un país que sabe, cual danzante de tijeras, cortar la esperanza; cortar un programa, cortar una transformación, un camino, con tal de no cortar nunca la hoja de ruta. Y no había que ser cartógrafo para entender ese mapa, ni saber dónde se encuentra el país ni hacia dónde va. Por una razón muy sencilla, en la tal hoja, no había coordenadas ni geografía alguna, sólo dos palabras: “Piloto automático”.

En ese avión/país —hace años navegando a velocidad de crucero—, súbitamente se empiezan a sentir ruidos molestos, algunos pasajeros se asoman a las ventanillas y descubren con horror que el Perú de hace 25 años sigue estando abajo y —lo peor— cada vez más cerca.

O sea, el avión marca Perú que ha estado volando en piloto automático un cuarto de siglo por las alturas celestiales del FMI va a aterrizar en el Perú de hace 25 años. Y no es que el país no se haya modernizado, pues ha pasado de todo. Pero el Perú sigue como en el libro de Luis Alberto Sánchez: un país adolescente, donde ni siquiera los adolescentes lo pueden echar a andar, copiando una indignación tardía y electoralmente manipulada.

Resulta patético que la juventud “indignada” salga a la calle a luchar contra la “repartija” de la menudencia que queda del chorreo; y no se dé cuenta que el verdadero país y sus supuestas instituciones no tienen arte ni parte en la torta del Perú; digo el BCR, la auténtica llave maestra del país, en cuya vitrina siempre figuran unos pelmazos, bilingües sí, pero no por bilingües menos pelmazos, los chi-che-ños encargados de nada, cuya inacción dejará al país, otra vez en el pasado.

El reciente todos contra todos es la mejor explicación de que el avión/país automático está en bajada y el pleito es entre los pasajeros: han abierto la puerta y se empiezan a empujar fuera  unos y otros, a ver sin con menos carga el avión alza vuelo otra vez.