PARA QUÉ SIRVE LA HISTORIA
Nos han hecho creer en el colegio que la Historia es un recuento de ciertos hechos que han ocurrido en el pasado, cuando no el mero dato o fecha para ejercitar la memoria del estudiante y sin aclararle para qué sirve. Uno se queda con la impresión post escolar que esta disciplina no tiene ninguna utilidad, ni noble ni mezquina. Sin embargo, éste parece más bien un asunto de discrepancia de conceptos, porque respecto a la utilidad de la historia, a mi modo de ver, está fuera de toda duda.
Como lo recordaba Foucault en sus clases y en sus obras, desde Kant el concepto de Historia está más asociado a la consciencia del presente, que a los datos empíricos del pasado. Historia como consciencia. Historia como conocimiento del por qué, cómo y qué somos hoy individual o colectivamente, a través del conocimiento del pasado olvidado, aunque no perdido; del pasado oculto, pero presente y vivo en nosotros. Eso que el Psicoanálisis llama “ello” o “Inconsciente”, colectivo o individual.[1] La historia es, desde esta perspectiva, una especie de psicoanálisis generalizado y, el psicoanálisis, una historización de la vida de una persona individualmente considerada. Se trata de la misma operación mental básica: siendo el presente el resultado de todo lo que ha ocurrido en el pasado, hay que hurgar en él todo lo posible y necesario, para saber quiénes somos, o quienes no somos y qué podemos hacer. El objetivo es, parafraseando a Bryce Echenique, evolucionar recordando, para no tropezar.
MODERNIZACIÓN TRADICIONALISTA
“Modernización tradicionalista”, término de Roberto Mangabeira y Fernando de Trazegnies significa, a mi entender, que nuestra modernización (educativa, económica, política, etc.) es una modernización no moderna, una modernización “bamba”, una modernización que no quiere dejar el tradicionalismo, el pasado, que no quiere realmente el cambio. Toda modernización, que no fue bamba, ha implicado la adopción de valores modernos, democráticos, liberales y sociales, no sólo en el papel de la Constitución sino en el corazón y la mente de los ciudadanos. Para las sociedades tradicionalistas, o pre modernas, eso supondría ruptura con sus valores tradicionales, coloniales o pre modernos, porque son tipos de valores incompatibles con aquellos. Está usted a favor del aborto terapéutico o está en contra. No hay neutralidad o tercera respuesta posible. Es solo uno de múltiples ejemplos.
Pero en el Perú hemos creído desde la Independencia que los valores católicos o tradicionales y los valores modernos de la Constitución son compatibles. Y por eso, como decimos en Chincha Alta, “no somos na´, ni chicha ni limona´…”, ni modernos ni premodernos. Tenemos serios problemas de identidad y tiene relación directa con el problema de valores incompatibles. La modernización tradicionalista adopta, muchas veces mimética o mecánicamente, aspectos de la modernización europea o norteamericana, por interés y beneficio de los grupos de poder, que solo asumen la modernidad hasta donde les conviene y nada más. Para mantener la tradición y el poder, hasta la modernidad sirve. Una modernidad al servicio del tradicionalismo: “modernización tradicionalista”.
Nuestro catolicismo, el del Perú y otros países como él, no es cualquier catolicismo, es producto del Concilio de Trento, que re creo el Tribunal de la Inquisición y que lideró la guerra religiosa más cruenta, mas odiosa e intolerante en la historia de Occidente, para combatir a los protestantes y, de paso, a las brujas, herejes, incrédulos y demás insumisos. Protestantes y católicos se achicharraron en el fuego recíprocamente. Pero no fue Roma sino España, el Imperio del que éramos parte, que lideró la Contrarreforma en vivo y en directo, incluidas las colonias hispanas, obviamente, durante todos los siglos que van de la Conquista a la Independencia.
El terror a la tortura y a la muerte, acompañado siempre del despojo de los bienes del condenado, durante esos siglos, se internalizó como sometimiento al poder de la autoridad, cualquiera que sea, se internalizó el0 miedo hasta el punto de configurar nuestra identidad, no genéricamente como católicos sino, específicamente, como “hijos de la Contrarreforma”, como dice Octavio Paz, es decir, hijos de la exaltación de la intolerancia, del dogmatismo, del oscurantismo y la re-acción. Se le puede ver también como una oposición, muchas veces recalcitrante, a la modernidad que representaba el espíritu crítico en ciernes de Lutero y en general de la Reforma protestante.
De ahí que, cuando se hizo la Independencia, adoptamos por determinación de las elites patriotas un sistema jurídico moderno, poco antes estrenado en Francia y EEUU, pero los peruanos como sociedad, seguimos siendo, hasta ahora, hijos de la Contrarreforma. Cambiaron las Constituciones, pero las sociedades siguieron siendo ideológicamente cuasi coloniales, tradicionales, con valores, creencias, ideas, paradigmas pre republicanos, que se mantienen hasta hoy, 2013. Y de ahí que lo moderno aquí siempre es impostado, fingido, superficial, sino cursi o huachafo. Nunca hubo ruptura con el pasado, nunca hubo revolución, nunca hubo reforma educativa de verdad. Y es que Revolución es vuelta completa y no toma del poder por las armas. Y de ahí que la educación para la gran mayoría siga siendo básicamente escolástica. La guerra de la Independencia fue heroica y grandiosa, pero insuficiente para salir del “antiguo régimen”.
Luego, en cuanto a lo que es esencial en la vida social o humana, los valores, se adoptan formalmente los de las Constituciones modernas, pero se mantienen socialmente los valores tradicionales. Así se configura el sancochado llamado “modernización tradicionalista”. Un híbrido, una inconsistencia, una paradoja, un absurdo aparente. Insistir tercamente en la conciliación de valores incompatibles provoca muchas consecuencias decisivas en la vida de nuestros pueblos: se mantiene la contradicción y la incompatibilidad, lo que bloquea la gran solución, que es la solución educativa. El salto cualitativo en esta actividad supone cambio de valores, cuya reforma implica empezar por reconocer la prioridad de los valores jurídicos sobre los valores de los diversos grupos ideológicos, si somos República firme y no bamba, e intentar el cambio de valores desde el hogar y la educación primaria. En suma, ruptura con los viejos valores y adopción real de valores modernos, de los valores democrático constitucionales, que para nosotros los peruanos son todavía nuevos. O los extirpamos de la Constitución, para ser coherentes por lo menos.
MESTIZAJE Y RESENTIMIENTO
Creo que aún en nuestros días el hispanismo, como ideología que niega o desprecia o explota o ningunea lo indígena, está bien viva en forma de racismo o machismo disimulados o abiertos, pero ya no tiene defensores explícitos, pues, si los hubiera sería considerado, con razón, como un monstruo ( o un “Ogro”). Ya no hay hispanistas como los de antes, y tal vez en este sentido ideológico discursivo se pueda hablar de un relativo triunfo del indigenismo en los países hispano andinos. El indigenismo es una de esas ideologías occidentales y cristianas (que no incaicas) que demuestran in situ, como las buenas intenciones y la compasión por lo indígena llevan a negar lo no indígena, en este caso lo hispano. Sospechosa compasión, sospechoso amor. Identificación más bien, que lleva a la negación del “otro”, como si lo hispano nos fuera ajeno y hostil a la vez.
Todo eso gracias a la ficción creada por el fraile Bartolomé de Las Casas —un español por los cuatro costados — llamada Leyenda Negra, que las novísimas potencias enemigas de España se encargaron de aprovechar y marquetear universalmente. Como toda ficción utilizó parte de la realidad, la negativa, y solo la negativa, más que exagerándola, envileciéndola. Así construyeron una imagen del conquistador, haciendo abstracción de sus poderosas virtudes, ocultas por dicha Leyenda ¿Por qué no podrían haber hecho también fortuna si se la ganaron con el brazo? Por eso sostengo que la singularidad de la Conquista está más en su imagen que en los hechos históricos, que sólo conocemos por la Leyenda Negra, o a través de cronistas e historiadores básicamente. ¿Pero cuántos peruanos los leen? Pero, eso sí, casi todos hemos internalizado la Leyenda Negra en el colegio.
Creo que hay que tener en cuenta que la opinión de Garcilaso respecto al mestizaje, el reconocimiento orgulloso de todas sus señas de identidad, se da antes de la influencia de la Leyenda Negra… No hay resentimiento, no hay leyenda (en la hipótesis que el resentimiento se debe mucho más a la imagen que a la realidad histórica). Es el punto de vista de un genio de las letras que, como lo demuestran todos los genios de las letras, no son solamente eso, como muchos bobos creen, en razón de todas las habilidades, carismas y talentos, natos o adquiridos, que supone escribir como un genio de las letras. Por ejemplo cuando, con palmadita en el hombro imaginaria, le perdonan la vida a Mario Vargas Llosa con la reiterada frase: “sí, escribe bien” e incluso algunos más generosos “si, escribe muy bien”. Como si ganar un Premio Nobel fuera una cuestión de “capacitación”, de veraniegos cursillos de redacción de dos meses.
El resentimiento. He dicho en otra parte que es un boomerang letal, un veneno hecho de odio impotente que el cuerpo no puede, o cree que no puede, exteriorizar, expresar, desfogar, liberar y por eso regresa contra sí mismo desparramando en el alma ese odio impotente, envenenándola y desatando la auto violencia, la auto punición. Y como el resentido sufre, buscará un chivo exterior para echarle toda la culpa de su dolor, para calmar su incontrolable y vil sed de venganza: el fuerte, el exitoso, el bello, lo estimulan con más pasión. Ese (re) sentimiento produce no uno sino varios bloqueos, entre ellos el intelectual. El resentimiento no deja ser verdaderamente crítico y menos creativo, porque la crítica y la creatividad son actos de liberación y de independencia. Y eso dilata el resentimiento, ya que se le agrega la experiencia de la exclusión. No es un asunto académico, científico u objetivo. Lo conocemos por vivencia, por experiencia directa, por intuición inmediata. Y el reconocerlo con coraje, es el primer paso a su solución. Por lo menos ya estamos hablando de él.
LA EDUCACIÓN REALMENTE EXISTENTE
La “escolástica” no es, aquí, una realidad concreta sino un modelo o visión educativa abstracta. Pero eso no quita que para la mayoría peruana la escolástica concreta sea predominante: hogares, colegios, universidades, institutos, no educan modernamente sino escolásticamente. La escolástica es dogmática, acrítica, autoritaria, memorística y tediosa: no está hecha para aprender a pensar. Es autoritaria porque el profe escolástico se cree autoridad y no lo es en la educación moderna. Y es dogmática porque el profe escolástico se cree dueño de la única verdad que quiere imponer al estudiante y no hay verdad sino puntos de vista. Y el alumno escolástico no piensa, sino que cree y acepta.
Si el estudiante ha sido educado para la sumisión y no para la crítica y la autocrítica, aceptará sin chistar la verdad absoluta del profe, que representa al Papa, el cual representa a Dios y, por tanto, no se puede equivocar porque: magister dixit. Y cómo el profe escolástico tiene la verdad, la única, para qué criticar, para qué discutir, para qué polemizar, para qué discrepar, para qué hacer (plantear) problemas. Y si no hay crítica no hay investigación de calidad y cantidad. En mi perspectiva, tiene que ver con la baja autocrítica institucional regional, que no es privativa de los políticos. Otra consecuencia del autoritarismo y el dogmatismo es el carácter mecánico, repetitivo memorístico ¿Cómo evitaría ser tediosa o aburrida con estas características? Lo más grave es que dentro de ella no se enseña y no se aprende a pensar.
Algún día tendremos que entender que la única alternativa política digna del ser humano es la alternativa democrática y en nuestro caso republicana. Está en nuestra Constitución. Sólo tenemos que ser consistentes y coherentes. Sólo tenemos que cumplirla. Sólo tenemos que educar a nuestras generaciones en ese espíritu, el espíritu de la dignidad, de la libertad, de la igualdad de derechos y la solidaridad. Eso no se impone, eso se enseña, es un asunto de medios y fines, un asunto de educación. Tenemos que decidir con qué valores educamos a las nuevas generaciones, previa discusión. La peor decisión es no decidir. O decidir sin discusión.
