¿Presidente, yo?

Columnas>Gárgola sin pedestal

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Hasta antes de que el vertiginoso auge económico de España se hiciera añicos y que los españoles descubriesen que habían sido gobernados en los últimos cuatro decenios, por una selecta galería de Uñas: González, Zapatero, Rajoy y Aznar, (este último, además de ser presunto criminal de guerra, fue graciosamente condecorado por el Congreso peruano con la Medalla de Honor en Grado de Gran Cruz), historiadores y tertulianos ibéricos convenían en señalar a Adolfo Suarez como el político más trascendental para la historia moderna de España. De no ser por él, decían, la transición española no hubiera tenido  el curso tan ejemplar de cómo salir de una dictadura y llegar a una democracia sin muchos muertos y heridos.

Hoy por hoy resulta poco edificante en España hablar de aquella transición ya que su democracia está hipotecada al Bundesbank (El banco central alemán) y ya se sabe lo que ocurre cuando la soberanía de un país no reside en la voluntad de sus ciudadanos sino en las órdenes emanadas por unos desconocidos y lejanos funcionarios de la banca extranjera.

Pero, volviendo al trascendental Adolfo Suarez, su salud no tuvo la misma trascendencia que su fama, ya que al cumplir los 71 años perdió la memoria y se retiró de la vida pública. Cuentan los pocos amigos que lograron verlo después, que ante la pregunta de si recordaba sus años como presidente, respondía incrédulo: “¿Presidente, yo?, ni loco”.

Hace unos días, El Alberto, ex primer servidor del Estado peruano,  asistió a uno de los varios calvarios judiciales que acuden todos los peruanos que llegan a ocupar esa alta servidumbre; pero lo hizo en un estado de franco abandono físico: despeinado, ojeroso, con la mirada perdida y quién sabe si maloliente. De inmediato, los líderes de opinión que odian más al delincuente que a la propia delincuencia, se despacharon condenando el suceso como un teatro cuyo único propósito es generar lástima y, eventualmente, conseguir su libertad.

Le imputan a él las mismas cualidades que al joven pastor, que se regodeaba alarmando al pueblo con el grito de que ahí venía el lobo. La fábula concluye, como sabemos, que en la boca del mentiroso, lo cierto se hace dudoso. Además, ejemplos en la historia abundan: Pinochet se libró de la extradición en Londres, aduciendo grave deterioro de su salud, fue subido en silla de ruedas al avión, pero apenas llegó a su Chile natal, el terruño le hizo lo mismo que unas palabras a Lázaro, y Augusto, muy gustosamente, abandonó la silla,  caminó gallardo como todo un militar y saludó con el bastón de mando a todos sus seguidores.

Yo no creo que El Alberto sea un caído del palto; más bien lo que creo es que a éste se le cayó Alberto Fujimori  el día que se hizo público el video Kuori-Montesinos, y desde entonces no se ubica. Debe ser por esto de la ficción jurídica de que el Presidente personifica a la Nación; o sea, la nación era él, el de terno azul con corbata y lentes; también la nación era el pistolero con chaleco y radio, gesticulando como si comandara las acciones militares en la embajada de Japón; la nación era él, en televisión, disolviendo el Congreso y el Palacio de la Injusticia. Pero después del maldito video la nación lo empezó a abandonar y emergió el que siempre había sido: El Alberto: Un oscuro nadie, como esos cientos que pueblan la administración pública: rectores de universidades, presidentes, alcaldes, jueces, ministros, congresistas, regidores y todo tipo de pescadores de oportunidad, que sólo la Matemática del Caos, (la ciencia del azar), podría explicar perfectamente cómo llegaron allí.

Entonces, más que teatro para el respetable, lo que el público está viendo es el tránsito de un hombre por varios disfraces: el de ingeniero, de rector, presidente, estratega, fugitivo, peruano renegado aspirante al senado japonés, casado en segundas con esposa bamba, líder en retorno, prisión domiciliaria en Chile, cárcel y calvario judicial peruano y padre que empieza a apestar a sus propios hijos.

Para un hombre que se inició en las tablas políticas con la obra “Cambio 90”, cómo sorprenderse de su constante mutación y porqué no dar credibilidad a que ya un hombre cansado, es el que aparece al final, disfrazado de sí mismo.

No está mal hacerse el orate de vez en cuando; lo único malo, dicen, es que si se hace muy a menudo, se termina perdiendo la razón.