Cuenta la historia que en el antiguo Siam los reyes solían recibir elefantes de regalo. Considerados sagrados, los paquidermos eran tratados con suma dedicación y reverencia. Sin embargo, cuando la realeza quería deshacerse de algún súbdito fastidioso, simplemente le regalaban uno de sus elefantes. El súbdito obligado a mantener al mamífero como manda la religión, muy pronto caía en desgracia, pues sus ingresos terminaban siendo ínfimos comparados con el enorme gasto que implicaba atender y mantener al tremendo animal. Es justamente de esta pequeña parte de la historia tailandesa que surge el término “elefante blanco”; cuya definición actual se refiere a aquellas construcciones que implican un alto costo –de construcción y de mantenimiento- y que al final resultan poco prácticas, pues su costo termina siendo mucho mayor que el beneficio que aporta teóricamente.
Muy cerca de las localidades españolas de Villanueva de Alcolea y Benlloch, provincia de Castellón, se encuentra uno de los símbolos más grandes de la insensatez de quienes padecen de un grave trastorno de la personalidad caracterizado por un afán compulsivo de adquirir notoriedad y grandeza a través de modernos “elefantes blancos”. Algo de eso es lo que explica cómo de pronto, y sin mayores reflexiones, se levantó el controversial Aeropuerto de Castellón; ahora convertido en un modernísimo ejemplo de la arquitectura fetichista que no tiene cómo responder a una pregunta esencial: era necesario?
Llàtzer Moix, uno de los críticos españoles más acertados de Europa, pone el dedo en la llaga para delatar cómo y cuánto de la inversión pública se pierde en la construcción de adefesios caprichosos, carentes de contenido y que sólo ofrecen gratuidades formales, de esas que “venden”, o mejor dicho, engañan -y muy bien-, tanto, que todos compran y pagan por ver. Y si de ver se trata, no dejen de echar un vistazo a un corto documental titulado “Se acabó la Fiesta” (http://www.rtve.es/alacarta/videos/archivos-tema/archivos-tema-se-acabo-fiesta/1269406/), donde se evidencia que las certeras -y severas- apreciaciones en el contexto español, fácilmente trascienden fronteras y bien pueden replicarse en varios escenarios de ultramar de la mano de herederos mentales de Hitler, Mussolinni, Franco y otros sátrapas, muy bien coludidos por apellidos famosos que han inventado la necesidad de una arquitectura de marca firmada por Starchitects o Arquitectos-Estrella. Curiosamente, muchas de estas obras solo valen por el apellido que las firma, aun cuando solo sean cascaras de espacios amorfos y sin uso ni función definida, habiendo generado millonarios sobrecostos por el simple capricho o por los serios defectos funcionales detectados, muchos de ellos llevados a las cortes de justicia, algo de lo que saben muy bien los abogados de Calatrava. Incluso, el propio Mario Vargas Llosa alguna vez dedicó un interesante artículo bajo el título “La arquitectura como espectáculo”, donde bien decía: “… sin que nadie lo pretendiera ni a menudo lo advirtiera, se ha ido produciendo la sustitución del fondo por la forma –del contenido por el continente- que, en el pasado remoto, solo era concebible mediante la magia, el pacto satánico o el milagro… …entre nosotros, los responsables del prodigio no parecen haber sido magos, diablos ni santos, sino el narcisismo y la frivolidad”. No me imagino al Nobel arequipeño releyendo su artículo frente a la obra histriónica y exhibicionista que lleva su nombre, sin inmutarse de haber caído como víctima inocente del mesianismo de la clase gobernante que ahora, de pronto y como sacados debajo de la manga, nos encandilan con monorrieles, puentes y autopistas; todo como parte de orquestaciones ideadas a puerta cerrada y a media noche. Tal parece que la fábrica de elefantes blancos seguirá funcionando en muchas partes del mundo, mientras la megalomanía siga haciendo de las suyas frente al espejo matutino de cada autoridad, alimentando una incontrolable necesidad de hacer obras visibles y deficientes frente al terror de hacer lo pequeño y eficiente.
