A mediados de siglo, en junio de 1950, cuando el pueblo arequipeño lideró —para variar— la oposición a la dictadura de turno, Francisco Mostajo estaba a la cabeza de esa respuesta política arequipeña al gobierno del general hechos-no-palabras Odría. Ese fue solamente su broche de oro cívico y político. Detrás hubo una vida de ochenta años plenamente vivida. ¿Fue el último Tribuno? ¿Por qué Tribuno y en qué sentido?
El Tribuno arequipeño no es sólo un jurista, o un magistrado o abogado, aunque Mostajo ejerció esas actividades. Era un hombre de pluma y de ley (parafraseando a Carlos Ramos) que hizo de representante político excepcional, espontáneo y natural de su pueblo y que ya lo era desde el punto de vista literario educativo. No exactamente como el “Tribuno de la plebe” romano, que era un representante oficioso, autorizado por el sistema político para representar al sector con menos poder económico y social: la plebe. Aunque él como persona perteneciera a otro grupo social. El Tribuno arequipeño no fue un representante oficial ni oficioso del gobierno porque ni siquiera fue nombrado por él, no tenía potestas, aunque le sobraba potentia. Y no representó a un sector sino al conjunto de la civitas arequipeña frente al gobierno central precisamente. Es aplicable el sentido original de la auctoritas antigua: aquel que reúne las condiciones ético políticas para gobernar : fuerza y sapiencia.
Mostajo compartió el liderazgo pluralistamente con una élite —en el sentido sociológico de la palabra. O en el sentido de “electa” que le dan algunos, no a partir de la elección de un tribunal, de la decisión un jurado, sino de la que con sus actos y sus obras se elige a sí mismo. Sólo valen los merecimientos, si se merecen; las capacidades y carismas de la persona, si se las tiene: Julio Ernesto Portugal, Edilberto Zegarra Ballón, Percy Gibson, Alberto Hidalgo, Manuel Gallegos Sanz, Atahualpa Rodriguez, Humberto Núñez Borja, Javier de Belaúnde, José Luis Bustamante, (entre otros arequipeños alrededor de mediados del siglo XX, que ya pocos conocen).
Este tipo de liderazgo comparte lo mejor del sistema democrático con lo mejor del sistema aristocrático, como quería Polibio. Es simplemente el pueblo bien liderado: la República. Lamentablemente, personajes así parecen ser solo posibles en un clima político y cultural que ya no es el nuestro; en una comunidad hecha de ciudadanos, de seres cívicamente activos y comprometidos con su ciudad por amor a la ciudad. Es un clima donde la elite pone el énfasis en la identificación, el reconocimiento de la comunidad de intereses, idiosincrasias y empatías, que ahora parece una lejana utopía.
El Tribuno funde sus intereses con los de la ciudad. Por eso quizá lucha doblemente motivado, doblemente “interesado”. Y de ahí ese tesón intelectual y político que expresa su espíritu poético y resume las cualidades de la ciudad: Francisco Mostajo. Y casos como el de él se daban desde antes de la Independencia. Melgar fue su gran antecesor y Mario Polar su maestro en vivo y en directo: austeridad, seriedad laboriosa, frugalidad, sobriedad, fuerza e independencia de criterio, respeto por el otro, etc, han sido cualidades de muchos arequipeños en todos los grupos sociales. Eso se ha podido oler y sentir y palpar hasta los sesenta. Podrán decir que era un matiz más o menos tenue, pero era. Y podrá ser siempre.
Más allá de puentes y calles, lo que más interesa es que el nombre de Mostajo no desaparezca en las bibliotecas como letra muerta. Mostajo fue la encarnación del espíritu arequipeño que hay que mantener (o recuperar) constantemente, porque puede unir lo arequipeño actual, sabiendo que mantener la tradición es renovarla, bajo pena de muerte. Ya no necesitamos héroes de la marina, aviación, o infantería, sino de la cultura, la creatividad, la inteligencia y, en consecuencia, de la vida democrática. Mostajo como paradigma. De ahí su tremenda actualidad.
Creo que la deplorable ridiculez y mezquindad, de los gobiernos y gobernantes tiene que ver con el fenómeno de la democratización bamba y esto con el peso de las migraciones sociales y su mala recepción en la ciudad, en la cultura y la identidad de Arequipa, que no es un problema “racial” sino de necesidades y conductas político y sociales. Y en resumen, cómo no, de calidad educativa. ¿Fue Mostajo el último ejemplar de una especie en extinción, sustituida ahora por un cierto abandono arequipeño del poder político local, un relativo desinterés por la cosa pública arequipeña, la cultura y el derecho? Dependerá de los arequipeños, es decir, de todos los (peruanos o no) que han hecho suya esta bella e interesante ciudad, más que sea de pasada. Mientras tanto hay que lamentar ese abandono. El arequipeño no se preocupa ya por la cosa pública sino cuando le afecta directamente. Pero la corrupción política y no política, que es la peor lacra, no lo saca a las calles todavía. Y lo afecta hasta la médula.
El peligro está en que la República Independiente, ejemplo de vida cívica y modernidad alguna vez, con tradición libertaria y democrática propia, desaparezca para convertirse en una villa pre moderna más en proceso de involución generalizada, de barras, gobiernos y políticos bravos, de bandas malditas, de idolatría e histeria social televisiva, de chuponeos e intimidades híper públicas, de niños catastróficos que mueren de inanición chateando toda la noche, etc. Si ese ejemplo republicano vivo y concreto —del que habló Basadre— desaparece ¿a dónde iremos a parar?
