El arte de vivir

Vuelta de tuerca

el-arte-de-vivirBasta con darse una vuelta por las principales calles de nuestra ciudad para constatar el continuo ajetreo en el que viven inmersas las desconcertadas gentes que la habitan. Todos corren de un lado a otro como si siempre les faltara tiempo. Y entonces se agitan, aceleran el paso, se atropellan –si van a pie-, tocan la bocina, gritan desaforados, hacen rugir sus motores –si se desplazan en auto- en pos de esos segundos o minutos que, a toda costa, intentan ganar. El tiempo es oro, dicen, y fieles a esa ecuación, hacen lo imposible por convertir cada instante en dinero o algo que se le parezca: algo, en todo caso, que pueda ser ahorrado, acumulado, guardado para mañana. Están convencidos de que así están aprovechando al máximo el tiempo de vida que el destino les ha asignado.

Ya lo dijo Séneca, el gran filósofo romano: “Andan empeñados en demasiadas tareas para poder vivir mejor, equipan la vida a base de gastar vida, dirigen sus pensamientos a la lejanía. Pero, claro el mayor desperdicio de vida es la dilación: ella anula cada día, escamotea lo presente en tanto promete lo de más allá. El mayor estorbo del vivir es la expectativa que depende del mañana y pierde lo de hoy”. Obsesionados con anticipar y planificar el futuro, como si éste fuera algo tangible que uno pudiera modelar a su antojo, no se dan cuenta de la futilidad de su carrera contra el tiempo. Sencillamente porque el tiempo ni se gana ni se pierde: se vive. Y la peor forma de hacerlo es sacrificando nuestro presente en función de un hipotético porvenir que puede no llegar nunca.

Y es que ¿hay algo más incierto que el futuro, incluso el inmediato, ese que parece estar al alcance de nuestras manos? Urdir planes con el falaz propósito de controlar lo venidero nos obliga a ingresar en una vertiginosa espiral de acciones que sólo cobrarán sentido si dichos planes se llevan a cabo, es decir, si el futuro, siempre impredecible, se pliega a nuestros ambiciosos designios. De este modo, el presente se nos escapa de las manos sin que siquiera nos percatemos de ello. Carpe diem, pues, como decía otro gran escritor romano, el poeta Horacio: aprovecha el día y no te fíes del mañana. Porque no hacerlo es tener la ilusión de que vamos a vivir siempre olvidando –o mirando de soslayo- el hecho definitorio de nuestra humana condición que es la mortalidad. En consecuencia, hay que vivir cada día como si fuera el último por la razón elemental y concluyente de que efectivamente puede ser el último.

Pero vivir el día no es lo mismo que vivir al día. No se trata de exaltar la insensatez ni el inmediatismo. Tampoco de renegar de la previsión y la prudencia. Se trata, más bien, de apurar el trago del presente hasta la última gota y de disponerse a afrontar lo que vendrá con tanto ímpetu como serenidad, para lo cual ciertamente deberemos estar en óptimas condiciones. Eso implica cuidarse y tomar ciertos recaudos pero no para dilatar indefinidamente la vejez y la muerte ni para conjurar la incertidumbre del porvenir –ambas cosas totalmente ilusorias- sino para vivir bien el tiempo que nos quede por vivir. No vaya a ser que a la hora del balance final constatemos que de todos los días que vivimos son pocos, muy pocos, los que vale la pena evocar con alegría. Y que todos esos magníficos proyectos en los que consumimos nuestras energías no son otra cosa que el triste recordatorio de lo que dejamos de hacer por pensar desmedidamente en el futuro.