La Desunión Europea

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El proyecto europeo de unión política —que no hace mucho parecía un proceso irreversible— pasa hoy por su peor momento. La victoria de Syriza certifica el auge de partidos políticos que cuestionan la permanencia de sus países en la Unión Europea. Hace seis años, ¿quién podría haber imaginado que el chavismo cruzaría el charco? Teniendo en cuenta la decadencia de su foco infeccioso en Sudamérica, resulta curioso que el virus se haya instalado en Grecia y que en sólo un año tenga el chance de controlar España.

Mientras todo era felicidad —es decir, cuando los griegos no pagaban impuestos, se jubilaban a los 61 años, tenían 1 millón de funcionarios públicos (para una población de 11 millones) y recibían todo tipo de subvenciones estatales (incluso sin calificar para ellas)— pertenecer a la Unión Europea estaba muy bien. Desafortunadamente esa postura cambió debido a la crisis del 2008 y por la subsiguiente cesión de soberanía en materia presupuestal, ya que la Troika —o sea, el FMI, el Banco Central Europeo y la Comunidad Europea— persuadió al Estado griego para que adopte severos planes de austeridad a cambio de cuantiosos préstamos. Las impopulares medidas incluyeron la reducción tanto de los salarios como de las pensiones y el despido de 600 mil empleados públicos. Masivas y violentas manifestaciones no se hicieron esperar, pero no hubo marcha atrás porque (al igual que en el Municipio de Lima durante la administración de Susana Villarán) los ingresos del Estado griego se consumían en los salarios de esa enorme e inútil burocracia. Esta contracción radical del gasto público alimentó el rencor contra la Unión Europea y el deseo de recuperar la independencia con respecto al manejo económico. Empobrecidas y hartas de 5 años de austeridad, las personas han puesto sus esperanzas en un partido de extrema izquierda que sólo había tenido una participación marginal en la política griega. El nuevo gobierno plantea a sus socios-acreedores una renegociación de la deuda —pese a que durante la campaña electoral prometía un cese de pagos unilateral—, y traicioneramente los amenaza con un acercamiento a Rusia.

Algo queda claro: las consecuencias de la crisis económica son semejantes a las de una guerra, y el paralelismo con la situación que emergió en 1918 preocupa. A estas alturas hay consenso en que la madre de todos los males del siglo XX fue la Primera Guerra Mundial. No sólo porque Europa se desprestigió y quedó debilitada por el tremendo derroche de recursos humanos y económicos, sino también por la consolidación de todo tipo de extremismos políticos —en especial ese “foco de subversión mundial” que fue la Unión Soviética—. Para Bertrand Russell, Inglaterra cometió un gran error sumándose al conflicto, pues lo sensato hubiera sido que se mantuviera neutral y contemplara cómo Alemania rápidamente machacaba a los franceses, tal como ya había sucedido en 1870. De haber actuado así, decía él, los británicos aún conservarían la primacía mundial y se habrían evitado, aparte de esos cuatro años de matanza, los seis años que duraría la Segunda Guerra Mundial.

En efecto: la Alemania del Káiser (a diferencia de la Alemania de Hitler) no era un siniestro enemigo al que necesariamente se debía vencer. Es verdad que el Káiser y los junkers prusianos dirigían un régimen autoritario, pero también era previsible que la burguesía alemana, a medida que se volviera más próspera, exigiría mayor participación en el poder y, por lo tanto, con el pasar del tiempo obligaría a sus gobernantes a realizar reformas democráticas. La humillación de la derrota de 1918 y las crisis económicas truncaron ese derrotero. Una mirada retrospectiva al platónico régimen democrático que fue la Alemania de Weimar confirma que su caída era inevitable. Las figuras políticas del nuevo régimen no sólo cargaban el baldón de ser los traidores que firmaron el Tratado de Versalles, sino que durante su gobierno los alemanes padecieron la vorágine inflacionaria de 1918 a 1923 y la Gran Depresión de 1929 a 1933. Agreguemos a esa mezcla la vigorosa acometida del comunismo y el nacionalismo revanchista. No es de extrañar entonces que el régimen democrático terminara suicidándose —nunca hay que olvidar que Hitler llegó al poder legalmente— y que de sus escombros emergería el Tercer Reich.

Quienes se negaban a suicidarse eran las democracias occidentales. En apariencia le temían a Hitler, y por ello no reaccionaban a sus constantes provocaciones. Sin embargo, la renuencia a actuar era porque las élites gobernantes de Inglaterra y Francia eran conscientes (tras su pírrica victoria en 1918) de que otra guerra de gran magnitud significaría su ruina. En disonancia con ellos, Toynbee opinaba que las guerras mundiales sólo adelantaron la debacle de las viejas potencias de Europa occidental. Era inexorable que serían