Sobre cómo vestirse: las normas de la UCSP

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Se ha propalado por los medios, hace pocos días, un conjunto de normas que la Universidad Católica San Pablo ha dispuesto para sus estudiantes, y que regulan la forma como deben vestirse cuando estén en sus aulas. Esta imposición normativa sobre el cuerpo no me sorprende; tratándose, claro está, de una universidad perteneciente al Sodalicio de Vida Cristiana. En los centros educativos que regenta esta facción católica -cuyo número ha aumentado significativamente estos últimos 30 años-, al amparo de una prédica confesional militante y esgrimiendo como razón el supuesto decoro que identifica el estudio, subyace una gestión creciente y obscena de poder. O biopoder, para decirlo en términos de Foucault. La noción de que el cuerpo es algo que es necesario disciplinar -y reprimir-.

Estas disposiciones han sido objeto de numerosos comentarios y opiniones en la red; muchos de ellos, más allá de la chanza y la pulla inevitable, tienen en común el asombro y el cuestionamiento al talante coercitivo de estas normas y su incoherencia con la dimensión libertaria de la vida universitaria. Lo cual me parece certero, pero esta suerte de unanimidad crítica omite algunos hechos, que deseo subrayar, y que me parecen de una latencia intimidante: que esta normatividad se ajusta con una creencia que se está convirtiendo en constitutiva del imaginario de nuestra sociedad: el prestigio de la disciplina -y su correlativa imposición autoritaria- y la deriva conservadora que la acompaña -con el cinismo y la doblez que son tan propios de esta extendida gazmoñería-.  Son ejemplos de lo primero la celebración, cada vez más desembozada, de actos de humillación y de agresiones a la dignidad de las personas, bajo el pretexto del supuesto pragmatismo que franquea el éxito. Sí, me refiero, a las expresiones de Natalia Málaga, el choleo al menudeo, el sonsonete que descalifica al otro como perdedor y el estatuto preeminente que están alcanzando corrientes políticas cuyo ideario se basa en articular, simbólicamente, estos actos vejatorios, y promoverlos como los necesarios para conseguir el orden (sí, me refiero al fujimorismo, o al castañedismo prepotente, por mencionar los movimientos políticos más notorios). Ejemplos de lo segundo son, qué duda cabe, las cruzadas reaccionarias contra el reconocimiento de derechos sexuales y reproductivos, protagonizadas por el conservadurismo intolerante que se ha impuesto en la iglesia católica, aunque no solo en ella.

Se trata de instituir -si es que no se ha logrado ya- el control de los cuerpos (y la domesticación del impulso libertario) a través de una homogeneidad opresiva (la grey, el alumnado, la sociedad, son, así, más fácilmente contables, y escrutables). La sexualidad no le pertenece a los individuos, sino a la clerecía, que vela por la imperturbable majestad de lo recto.

La pretensión es que este “decoro vestimentario” maquinado en el atrio, goce del prestigio de lo normal y cotidiano (fácil es constatar que la mayoría defiende vehementemente normas de este tipo, como condicionantes de un aprendizaje óptimo). Nunca creo, como ahora, han estado tan emparentados el discurso militar y el católico. Huelga decir que, en el caso de Arequipa, la Universidad San Pablo ha adquirido una progresiva relevancia, que no es gratuita.
Es la concreción de una muy criolla paradoja: la libertad de elegir el sometimiento.
He ahí, en síntesis de pesadilla, lo que en este país se nos viene (si es que no está ya en nuestras más íntimas e inconfesables convicciones).