
El régimen humalista es un desastre, por donde se mire. ¿Puede haber peor gobierno que aquel que recibió un país cuya tasa de crecimiento del PBI era de 7%, y que este año lo más probable es que no llegue ni al 3%? No lo creo. Por lo demás, criticar resulta inútil, pues ni por asomo Nadine Heredia demuestra propósito de enmienda. Y la menciono porque todo indica que, en los hechos, es ella la que ejerce la presidencia del país —un cargo al que no llegó por elección, sino por autodesignación—. En vista de los deplorables resultados de su gestión, presumo que las mujeres son las que han de sentirse más defraudadas, puesto que la primera presidenta de nuestra historia administra el país con una torpeza impresionante.
En lugar de mejorar la salud, la educación y la seguridad física de los peruanos (para eso precisamente fue elegido su esposo), la señora recrudece su política asistencialista incrementando el presupuesto de las ayudas sociales, y procede así no por empatía con los pobres y los desocupados, sino por interés propio —“¿habrá cosa más necia que un candidato servil que halaga al pueblo y compra su favor con propinas, que soborna la adhesión de las masas y se deleita con sus aclamaciones?” preguntaba Erasmo de Rotterdam—. Si bien la esperanza de crear una bolsa de votos cautivos ya la abandonó, ella persevera con los benditos subsidios. ¿Acaso no percibe que la sostenibilidad de los programas sociales tiene relación directa con el éxito del modelo económico y que éste, a su vez, depende de la estabilidad del sistema democrático? A lo mejor también ignora que el Estado peruano brinda servicios públicos lamentables. Quizás nunca logre entender que la manera más práctica de reducir la pobreza y la desigualdad no es “redistribuyendo la riqueza”, sino disminuyendo el desempleo y prestando servicios públicos de calidad. Y sólo es posible mantener tales servicios y generar trabajo en un contexto de crecimiento económico sostenido; no en un país inmerso en inestabilidad política e inseguridad jurídica, y no con un Estado que desprotege la vida y el patrimonio de sus ciudadanos, que ofrece una pésima formación educativa, que desalienta la inversión privada y que soporta un enorme sector informal que no tributa.
Si el sistema funciona tan mal aquí, es porque a cualquiera le resulta muy fácil alcanzar la presidencia. Lo cierto es que una democracia eficiente presupone una mayoría de ciudadanos informados e interesados en la vida política de su patria. Por desgracia, en el Perú el voto consciente es minúsculo, y en ausencia de ese filtro electoral nada evita que demagogos baratos se hagan con los más altos cargos públicos. Aflige más todavía que los organismos de control no puedan actuar en contra de aquellos que detentan el poder (pese a los estridentes indicios de delito). Esto es señal inequívoca de que la autonomía del Ministerio Público y del Poder Judicial es sólo nominal —siempre han estado subordinados al Poder Ejecutivo— y de que vivimos en una suerte de república bananera en donde no es viable investigar o, de ser el caso, procesar a los gobernantes y a sus compinches.
Frente a todo esto, Mario Vargas Llosa rompe su silencio para lamentar que Humala no haya recibido a dos esposas de presos políticos venezolanos. Se ve que él está muy preocupado por la crisis política en Venezuela, pero con respecto al Perú no encuentra motivos para levantar la voz. Su reacción es entendible. Si no le indignan los extraños vínculos entre los Humala y Belaunde Lossio, y no le parece mal que Nadine usurpe las funciones presidenciales desde hace 4 años, ¿qué le va a importar la institucionalización del reglaje? Aunque el accionar paranoico del gobierno es un síntoma de culpabilidad, a don Mario le tiene sin cuidado que la DINI investigue a personas decentes y deje en paz a los terroristas y a los delincuentes comunes. Incluso, de forma desafiante, él desaprueba que por esa causa el Congreso haya censurado a la primera ministra. Sin embargo, se muestra satisfecho de que su ahijado la reemplace en el cargo —para ser franco, cuando escuché la noticia creí que era una broma… tal parece que Nadine quiere agudizar el enfrentamiento con la oposición, pues ¿qué otro objeto tendría nombrar como premier a un señor que cada vez que declara es para repartir insultos, al mismo estilo confrontacional de Abugattás, Urresti y otros locos furiosos?—. A fin de cuentas, don Mario jamás reconocerá que se equivocó al aconsejarnos votar por Humala, y que su “error” nos proveyó de un gobierno que en incompetencia solamente puede rivalizar con el velascato o el primer gobierno aprista. Además, es evidente que esta administración dejará la valla muy alta en lo concerniente a la corrupción (al paso que va, pronto batirá el record fujimontesinista).
Por lo menos su hijo admite que este gobierno, aparte de mediocre, probablemente sea corrupto —¡qué fácil es para un intelectual dar malos consejos y luego evadir su responsabilidad escribiendo un artículo o concediendo una entrevista!—. No obstante, en terquedad el hijo no va a la zaga del padre, ya que Alvarito se atreve a sostener que debe servirnos de consuelo que Humala “no se convirtió en un Hugo Chávez peruano”, y piensa que sería justo reconocerle eso… ¡Por favor! A Nadine Heredia no le faltaban ganas de permanecer en Palacio de Gobierno más allá del 2016. Felizmente para nosotros carece de los petrodólares de Chávez y de la astucia de los Kirchner —los límites del populismo presupuestario son la magnitud de los recursos públicos y, sobre todo, la aptitud del gobernante y su camarilla—. No, no es un alivio que ella y su séquito sean incapaces de atornillarse en el poder, tal como hicieron sus colegas en Venezuela, Brasil o Argentina. El verdadero consuelo es que falta poco para el traspaso de mando, y que a partir de ahí se abrirá la posibilidad de verlos rindiendo cuentas con la justicia.