Marisol Eyzaguirre tiene sesenta años y es profesora de Filosofía. La conocí en Madrid cuando dictaba un curso sobre Heidegger en el CSIC junto con otros profesores venidos de todas partes del mundo. Esa tarde me recibe en su departamento y, al ingresar, un olorcillo a pino, papel antiguo y cera que parecen desprenderse de los muebles y libros, me trae a la mente el recuerdo de la biblioteca de mi antigua universidad.
Desde el 2010, Marisol vive entre Bogotá, Madrid y Arequipa, ciudades en las que imparte cursos sobre Epistemología. Ha publicado tres libros sobre filosofía contemporánea y es una gran conocedora de la obra de Albert Camus. Recuerdo que en sus clases quedé sorprendido de la lectura filosófica que proponía para el Quijote. Sin embargo, fueron sus opiniones sobre el filósofo argelino las que me motivaron a invitarla a tomar un café en la terraza de la cafetería.
El Extranjero fue el primer libro que leí de Camus. Luego vinieron sus Carnets y piezas de teatro. Por entonces, Sartre se alzaba entre nosotros, los estudiantes, como uno de los escritores de primer orden para redefinir nuestros conceptos de lo que era la literatura. No eran los años cincuenta ni sesenta, pero esa necesidad de buscar una palanca teórica con la cual impulsar nuestra escritura, se volvió una necesidad vital en mi grupo. “Lo absurdo no libera; ata”, frase de Camus que se me quedó grabada en la mente, incluso después de acabar la carrera y que ahora compartía con Marisol para romper el hielo. La frase pareció despertar el entusiasmo de la profesora…
Lea el artículo completo en la edición impresa