Después de cinco horas de caminata, se completa la agotadora jornada de 8 kilómetros y medio, y el río humano de peregrinos hace su ingreso por un estrecho valle que conduce a la iglesia del Señor de Qoyllur Rit’i (“estrella de la nieve”, en quechua). Un imponente glaciar domina la agreste geografía, es el Sinakara, una ramificación del macizo de Ocongate. Del santuario católico los campesinos recorren la ladera y en una explanada hacen una reverencia al imponente Sinakara de 5,471 metros de altura.
Luego regresan, cantando y bailando, a la iglesia. El culto a los apus, los dioses de las montañas, y al wamani (el espíritu que mora en ellas), está claramente asociado a las creencias cristianas. Decenas de restaurantes se improvisan bajo toldos de lana y plásticos. Humeantes calderos dejan escapar el olor a la “pfutti”, una sopa cargada de alpaca y chuño, pero no faltan los cuyes, ni el contundente caldo de cabeza.
Cincuenta mil peregrinos hormiguean bajo los toldos. Algunos sueños se pueden adquirir en miniaturas. Se venden diminutos títulos universitarios, camiones y casas enanas. Los fieles los llevan como si cargaran un pedazo de futuro entre…
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