Yo apenas si sabía limpiarme los mocos. No me dejaba dar mi opinión sobre cosas de adultos por lo que tenía que pasar mis días solitarios entre los juguetes que él me traía de sus viajes a Tacna. A veces conseguía trabajos de albañil y entonces me tocaba acompañarlo a canchones desolados donde perros rabiosos me lanzaban miradas recelosas. Una mañana llegó a casa uno de sus mejores amigos, un hombre de rostro moreno y papada abundante. Al ver a mi padre lo saludó efusivamente para luego indicarle con la cabeza que lo acompañásemos.
Era la primera vez que visitaba una picantería, la de doña Eliana, un ennegrecido local de paredes recubiertas por capas de hollín y de cuyos techos se desprendían telarañas también ennegrecidas por el humo desprendido de la cocina a leña. Con curiosidad empecé a husmear cada rincón del lugar. Una ventana pequeña que daba a la calle, tablas a manera de mesas y asientos y recipientes de arcilla de donde un joven mozo extraía un líquido espumoso que vertía en jarras de porcelana. El piso era de tierra compactada en cuya superficie se podían apreciar manchas deformes producto de los caldos que caían accidentalmente sobre ella. Un intenso olor como a carne cruda y a condimento inundaba el lugar.
Mis primeros recuerdos de infancia están asociados a mi padre y a sus visitas constantes a las picanterías. Las recorríamos durante la semana, de extremo a extremo…
Lea el artículo completo en la edición impresa
