Una ciudad no está hecha de muros y calles, por bellos u originales que parezcan. Está hecha del espíritu de su gente y de sus afanes diarios. Los matices de la ciudad, más allá de sus claroscuros al amanecer y al anochecer, o del mediodía de rayos verticales e impíos; son las vivencias, las angustias y preocupaciones de quienes recorren esas calles y esos muros, detrás de los que sueñan y gozan, tal vez.
Los colores de la ciudad, en un tiempo prohibidos en su centro histórico y hoy reivindicados por la estética, no son los que pueden caracterizar un muro o una calle; son los que imaginamos en nuestro despertar diario, los que degustamos al elegir alguno de los infinitos platillos locales, los que fabricamos con nuestras manos o nuestras mentes durante una extenuante y productiva jornada laboral, los que ofrecemos en nuestra mirada y nuestra sonrisa al vecino de la combi o a un mendigo…
Lea el artículo completo en la edición impresa
