Entre algunas de las leyendas que se rumorean hace siglos en estos ambientes, está la que narra que fue en este lugar donde se vieron por primera vez, en las postrimerías del régimen colonial, la esquiva Silvia y el enamoradizo poeta Mariano Melgar. Ella, haciendo compras con su madre, él, yendo a convivir durante muchas jornadas con la gente de la sierra que hasta aquí llegaba cargando sus productos y sus esperanzas de libertad. La ciudad, que siempre fue muy hermosa, los hacía soñar, tanto a los comerciantes, como a los jóvenes enamorados.
En sus tiempos iniciales, con 16 pequeños cuartos de sillar, recibía a los arrieros que llegaban con sus recuas de mulas y hatos de llamas cargadas de mercadería, desde todas las provincias de Arequipa y del altiplano puneño y boliviano. Luego, las llamas venían cargadas de oro, papa y maíz, desde tierras tan lejanas como Potosí y, en su camino, de Puno o Cusco. Sin duda, fue el mercado virreinal más antiguo de la ciudad….
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