
El hecho de que un antiguo libertario que no se considera de izquierda, ni siquiera socialista, se haya ocupado de la obra y la vida de José Carlos Mariátegui en dos libros, “Perspectiva de la aventura” y “La voluntad de crear”, le llama la atención incluso a él mismo, porque lo hace vivir una situación paradójica, no solo porque tratamos del fundador del socialismo peruano, sino porque los militantes mariateguistas no han producido un solo libro creativo sobre Mariátegui en cincuenta años. Sólo tomaban de él lo político y lo económico, y solo si confirmaba o parecía confirmar su ideología marxista leninista.
No me refiero a los pocos intelectuales — socialistas o no— que en el Perú se han ocupado individualmente de Mariátegui, como Tito Flores Galindo, Eugenio Chang, Alfonso Ibañez, Francis Guibal, Anibal Quijano, Edgar Montiel, sino a los ortodoxos maoístas, miristas, trotskistas, moscovitas, etc, de la izquierda mariateguista setentera, que no ha cambiado nada por lo visto, ya que tiene la ingenuidad de creer que el gobierno de Chavez y Maduro en Venezuela es revolucionario y hay que apoyar la revolución…bolivariana, en una época donde ya no puede estar más claro que las dos únicas alternativas son democracia o barbarie. Pero volvamos a José Carlos.
Lo que admiro esencialmente en él, lo que me cautiva de su obra es su elegancia. Elegancia no es solo seguir el último – modelo de Coco Channel, sino “sobriedad en la plenitud”, según el maestro Ortega y Gasset, o como dice Ernest Hemingway, “calma bajo la presión”. Para eso hay que aprender economía: obtener un máximo de provecho con un mínimo costo. Por eso podría hablarse de una economía integral en Mariátegui. Los problemas celestiales, según él, se han desplazado del cielo a la tierra. Además, él sabía que iba a morir pronto y por ello, como los grandes escritores, re-inventó ese instrumento simbólico llamado lenguaje, para decirlo todo, rápido y de la mejor manera, de la manera más bella e inteligente, como es patente en sus caleidoscópicos ensayos y artículos, en esa prosa tan sintéticamente hermosa, tan bellamente concentrada. Esa que capta mágicamente el movimiento de los seres y las cosas… con las puras palabras.
Mariátegui no es solo para mí un gran intelectual, un gran pensador. Lo que me interesa, lo que me asombra en él es su destino de místico post moderno, por así llamarlo, porque en eso se resume todo lo demás, justamente porque no excluye la multiplicidad, la pluralidad, ni la contradicción, como no excluye la unidad. Un místico: alguien que no se conforma sino con la totalidad, como todo buscador de absolutos; un aventurero nato, a lo humano, como los grandes místicos hispanos lo fueron a lo divino, Teresa de Avila, Juan de la Cruz, o Martín de Porres, nuestro paisano. Alguien que desde niño partió en busca de Dios, como confesaba el Amauta a Angela Ramos en una entrevista.
Pero como era un heterodoxo convicto y confeso, encontró a Dios en la realidad humana, social, histórica, carnal y sanguínea, aquí en la tierra, con ayuda de un método judeo alemán que él re-creo como nadie para aplicarlo adecuadamente a nuestra vieja realidad post colonial, más pre moderna que moderna aún. Por eso no amo éste o aquel aspecto de la vida y obra de José Carlos sino su capacidad para integrarlos todos hasta alcanzar esa plenitud que hemos mencionado a propósito del concepto orteguiano de elegancia, es decir la intuición, la verdad y la belleza recíprocamente potenciadas. Era un profeta, no un profesor, como le dijo Unamuno al mismo José Carlos en una célebre carta, refiriéndose a Carlitos Marx, a quien, dicho sea, agradeceremos siempre los muchos conceptos y las tantas bellas herramientas que nos ha legado.
Solo un ser como José Carlos Mariátegui ha podido interpretar y expresar la realidad integral como él la interpretó y expresó, como un verdadero y profundo poeta. Solo un ser así, pudo escribir y amar como el escribió y amó. Como se ve, por ejemplo, en esta carta a Anita Chiappe, su esposa, con quien tuvo tres hijos, que José Carlos llama “tres auroras” en esta carta. Y con ella concluyo:
“Renací en tu carne cuatrocentista como la de la Primavera de Botticelli. Te elegí entre todas, porque te sentí la más diversa y la más distante. Estabas en mi destino. Eras el designio de Dios. Como un batel corsario, sin saberlo, buscaba para anclar la rada más serena. Yo era el principio de muerte; tú eras el principio de vida. Tuve el presentimiento de ti en la pintura ingenua del cuatrocientos. Empecé a amarte antes de conocerte, en un cuadro primitivo. Tu salud y tu gracia antigua esperaban mi tristeza de sudamericano pálido y cenceño. Tus rurales colores de doncella de Siena fueron mi primera fiesta. Y tu posesión tónica, bajo el cielo latino, enredó en mi alma una serpentina de alegría. Por ti, mi ensangrentado camino tiene tres auroras. Y ahora que estás un poco marchita, un poco pálida, sin tus antiguos colores de Madonna toscana, siento que la vida que te falta es la vida que me diste”.
(*) El autor de la columna presenta su libro “La voluntad de crear. Método e intuición en Mariátegui”, este miércoles a las 6:00 pm en la FIL Arequipa