El profesor siente el frío de la noche en sus hombros. Ha dormido mal y el dolor lo acompañará durante el día. Ya no es joven, hay canas en sus sienes y en su nariz. También en sus orejas y cejas. Se frota los ojos con los nudillos, mira el techo descascarado de su habitación y vuelve a frotarse los ojos. Fija la mirada en el viejo ropero donde 4 trajes raídos permanecen colgados.
Es la hora de levantarse. No se ducha. Lava su rostro, axilas y trasero con la misma agua. Tampoco se desayuna, por lo que no habrá necesidad de cepillarse los dientes. Después consulta el reloj. Hay tiempo, se dice. Se enfunda la camisa y el traje. Se calza los zapatos sin lustrar y guarda en su maletín de cuero barato algunos fólderes y marcadores de pizarra. Antes de partir, se mira en el espejo. Se ve los dientes amarillentos y escasos. Se huele el aliento, sonríe.
La combi tarda en llegar. Un grupo de escolares hacen chacota en el paradero. Saltan, gritan, bostezan, se dan golpes en la espalda y hombros. El profesor intenta en vano ganarles en subir a la combi. Los escolares son más rápidos y el profesor ya no tiene la misma agilidad de cuando era joven y jugaba de arquero para la selección de fútbol de su colegio. Cuando al fin logra treparse, una mujer grita porque el profesor, sin querer, le pisó el dedo gordo del pie. Comparte los 30 centímetros de tubo que sirve de agarradera con otros 5 sujetos.
Viaja incomodo, pero esto no le molesta. Con los años ha aprendido a viajar sin viajar. Su trabajo no le brinda muchas oportunidades. Le gusta pensar en que llegará el día en que conseguirá un mejor puesto en un instituto donde tenga alumnos capaces de responder a sus exigencias. Alumnos inteligentes…
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