En la sorda noche de Ocuviri, el profesor Carlos Caballero prepara sus clases a pluma y bajo la agonizante luz de una vela, “tenía una hermosa letra” dicen quienes lo vieron escribir lemas sobre las paredes de yeso de la escuela, era el único grafitero de Canchis- Cusco y “medio poeta”, era 1930. Su habitación era un enclave dentro de la dirección de la escuela donde dormía y pensaría en la masacre que el impertinente tiempo no borraría de la historia, la memoria y probablemente de los cuerpos de la mayoría de sus pequeños alumnos.
Cuando la tinta se esparcía sin control sobre sus escritos el unidocente rodaba en el papel su diabólico “puntero” un pedazo de palo de escoba cortado y lijado por él, se trataba de la única arma de colores contra los burros, los distraídos y los nerviosos.
LA SANGRE
Ocuviri despertaba con el grito de un silbato ejecutado desde lo alto de un andén de propiedad de la escuela. Carlos, el unidocente, reiteraba a todo pulmón y desde los cerros aparecían alegres cuadrillas de petizos que atraviesan transición, primero y segundo grado de primaria, 3 aulas de 17 niños cada una, proximadamente. Cuando las láminas eran colgadas sobre los muros de adobe, el conocimiento se hacía presente…
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