Decidir

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elecciones 2016

Contra aquello por lo que algunos abogan, dado el depresivo panorama electoral que se nos ofrece, mi convicción es que hay que elegir; que expresar el hartazgo y la decepción mediante un vicio en la cédula, la cómoda abstención o la anodina limpieza del voto en blanco, es evadir la más elemental responsabilidad ciudadana, algo que merecería como respuesta la negación de cualquier otro beneficio obtenido por los individuos de la sociedad en su conjunto, por mínimos o dispares que éstos sean.

La rebeldía de papel de quienes arengan desde un escritorio, la pretendida irreverencia que disfraza la comodidad de los irresponsables; y la cómoda indiferencia, revestida de pulcritud, de quienes prefieren no rozarse con la polución de la política; son todas expresiones de la misma punible omisión: no arriesgar personalmente y dejar que otros decidan a quiénes se investirá de poder e influencia sobre nuestros destinos.

La participación política es imprescindible para lograr una sociedad democrática, para conseguir una convivencia tolerable, en un país viable. El bajo nivel que exhibe nuestro país, en este campo, grafica muy bien nuestro estado de subdesarrollo cívico, resultado -a su vez- de los paupérrimos desarrollos a nivel social y educativo, que devienen de las grandes inequidades que caracterizan al Perú desde su fundación.

Esta ecuación que aún  no entienden los sectores más acomodados del país prescribe que, a mayor desigualdad, mayor exclusión; a mayor exclusión, menor desarrollo; a menor desarrollo, menos mercado, menos libertad, menos alternativas y menos democracia.

En el orden inverso, a más democracia, más desarrollo; a más desarrollo, más inclusión; a más inclusión, menos desigualdad; y a menos desigualdad más oportunidades para TODOS. Así pues la democracia es un bien que CONVIENE a todos y su opuesto perjudica, incluso, a los que hoy tienen más privilegios.

Claramente, si la población peruana, en su conjunto, tuviera niveles más altos de educación, no tendríamos el panorama electoral que hoy sufrimos. Y la no participación, o el encogimiento de hombros que implica votar en blanco o viciado solo empeora las cosas. Decidir, es un deber de conciencia y, como tal, implica un análisis político que requiere cierto conocimiento de la realidad nacional y de las propuestas políticas.

Muchos peruanos, sobretodo los más jóvenes, han asumido el cambio como primera prioridad en su decisión, lo que resulta lógico a partir de la historia política reciente. En esta corriente de opinión, la experiencia resulta un valor prescindible ante la alta probabilidad que esté asociada también a los vicios del sistema ineficiente y corrupto que caracteriza la administración del Estado

Lo difícil, claro, está en distinguir cuáles de las alternativas que se ofrecen en las elecciones representan una auténtica voluntad de cambio; y cuáles se sumarán a la ya larga lista de fraudes políticos que los peruanos hemos venido sufriendo desde que el chinito inofensivo, a bordo de un tractor, perpetró la mayor estafa electoral de los últimos tiempos, seguido luego por otros 3 presidentes que, como si fuera una consigna, se esforzaron por hacer en sus gobiernos, precisamente lo opuesto a lo que ofrecieron, alentados por la impunidad de sus predecesores a quienes, más allá de una grita coyuntural e interesada, nadie les pidió realmente cuentas de sus  actos.

Si la tendencia electoral es la que se avizora y la demanda de renovación persiste, que ésta sea la gran oportunidad que los peruanos nos debemos a nosotros mismos para participar, decidir y determinar con ello, el fin de los fraudes electorales, la tumba de la politiquería inspirada por el prometedor saqueo de los fondos públicos, y el comienzo de una nueva historia que escribirán los ciudadanos activos e informados en lugar de los pícaros de siempre encumbrados gracias a la ignorancia y la indiferencia