Fin de fiesta

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Pasados los efluvios de un feriado largo, un cambio de gobierno, un discurso que generaba expectativa y el feo espectáculo brindado por el fujimorismo, ha llegado la hora de pisar tierra de nuevo.

En el quinto día del régimen de gobierno de PPK, y primer día hábil de su mandato, comenzarán los cambios en las dependencias estatales, los nuevos jefes, los adioses, las promesas y los oportunistas de toda laya rodeando a los nuevos jefes.

Lo bueno: la promesa de «revolución social» que hizo PPK, su discurso social demócrata, sus pasitos tun-tun, su desacartonamiento, el huayño con que acabó el desfile militar por Fiestas Patrias, la juramentación de ministros en el patio de Palacio.

Lo malo: la barra brava fujimorista en el Congreso, el rostro avinagrado de Luz Salgado en todos los actos oficiales, el mensaje de Keiko vía facebook, la impertinente homilía del cardenal Cipriani y sus escandalosas declaraciones por la radio, las reuniones de algunos flamantes ministros con grandes empresarios que tienen millonarias deudas con la Sunat, la sospecha de lobbies sobre todos ellos.

Lo falso: Que PPK vaya a llevar al Perú que aún vive en las cavernas (Cipriani, Tubino, Becerril, la CONFIEP) a la modernidad en cinco años, que en su inocultable pataleta el fujimorismo esté pensando primero en el interés popular, que la Ministra Cayetana Aljovín sea la persona más indicada para dirigir los programas sociales.

Lo real: Que el Perú es retrógrado como lo ha dicho el propio PPK, sin demagogia; que en este país, nada funciona mejor que el lobby y la coima, cuyos actores están más que felices con un gobierno de Kuczynski; que a pesar de esos males somos un país extraordinariamente rico en recursos naturales y humanos, con un gran potencial.

En el año 2021, año del bicentenario, el país TIENE que ser distinto porque el mundo lo arrollará si no cambia.  El Perú es un país atrasado porque es corrupto y desigual. Si el presidente Kuczynski lo ha entendido y no quiere pasar a la historia como un simple lobbista y pícaro, en lugar de un estadista del siglo XXI, tiene una extraordinaria oportunidad de liderar y promover ese cambio, pero nada podrá hacer si no hay una ciudadanía decidida a recorrer ese camino.

En el año 2021, año del bicentenario, tendríamos que haber recuperado la esperanza.